Silencio. Quietud. Se acerca la primavera. Aún nadie habita la casa de verano y sus habitaciones descansan tranquilas, mientras los cuadros del piso de arriba deambulan sin miedo a ser vistos por los dueños de la casa. Lo mismo hace el resto de muebles; van de un lado a otro del pasillo. En la sala de estar juegan una partida de póker las cuatros sillas. Ríen, beben y fuman; la que tiene el cojín traído de Marruecos es la que manda y de vez en cuando moja uno de los flecos en su vaso de whisky y cada vez que lo hace, cambia el gesto y grita: “¿Se puede saber quién coño me ha servido este brebaje barato e insípido?”. La silla de metal, la más fea de todas, se encoge un poco y pierde su vista por el suelo; es ella la que ha puesto las copas con el whisky barato en vez de abrir el Chivas que lleva intacto desde que el padre de familia lo llevó para la fiesta que había organizado para sus colegas y que finalmente nunca se celebró porque le dejaron tirado.
Las camas preparan la cena mientras se cuentan las historias del verano pasado cuando la casa estaba llena de gente. La más vieja de las camas es la que siempre pela las patatas y lo hace con una velocidad y precisión tan brutal que a la vez es capaz de criticar, junto al resto de camas, a sus dueños; “Los muy idiotas son incapaces de cambiarme los muelles rotos.” Dice indignada. También la cuna anda por ahí alrededor de todas, de un lado a otro, picoteando lo que están preparando para cenar hasta que tira un par de huevos al suelo y la cama más grande le suelta una colleja con la que le provoca una buena llorera.
El autorretrato no supera la tristeza de haberse quedado solo y ya es el quinto invierno que pasa horas sentado en el patio y con la mirada perdida. A veces llora porque el bote del cloro de la piscina le grita desde allí que es el autorretrato más feo que ha visto en su vida. Se lo repite siempre que se sienta en el patio. El autorretrato se pregunta cuántos autorretratos habrá visto en su vida un bote de cloro para piscina y, aunque sabe que en su vida ha visto ninguno, acaba llorando.
Las tazas andan locas por el desván jugando al escondite. El pack de tazas que sus dueños trajeron de china están más que preocupadas porque el asa de un par de ellas se rompieron una tarde que jugaron a la comba con los cordones que le habían robado a unas viejas Converse que ya nadie usaba. La jarrita china que sirve la leche, y que es la más bonita del pack, les regaña a las dos que ahora están rotas y lo hace con su dulce acento pekinés que aún no ha olvidado: “Yo avisé: no lobal coldones de zapatillas. Lobal siemple malo, y ahola vosotas lotas. Jolilamente lotas.“ Las tazas suspiran ante la regañina de la jarrita pekinesa.
Escoba está de vacaciones y se pasa el tiempo peinando su cabello y quitándose las pelusas. Es muy coqueta. Le gusta pensar que el resto de objetos de la casa la miran cuando camina de un lado a otro y se contonea. De hecho, el recogedor alguna vez le ha dicho algún piropo pero ella se ruboriza cuando le escucha y le suelta alguna bordería. A ella le gusta él pero no está del todo convencida y el recogedor lo sigue intentando cada día.
En la habitación de arriba la guitarra se acaricia procurando animar a los armarios que lloran desconsolados por lo vacías que ahora están sus almas. Los dueños de la casa se llevaron todo y no dejaron nada. La guitarra toca las cuerdas y canta canciones tristes. Ese tipo de canciones que uno escucha cuando echas de menos de alguien. Los armarios a veces le piden que toque temas de Chuck Berry y cuando lo hace, empiezan a dar tales saltos de alegría que los de la habitación de abajo siempre les piden que paren y claro; vuelven a esas canciones tristes. A veces el pequeño armario abre la ventana y se apoya sobre el alfeizar y suspira tanto que estornuda por las motas de polvo que lleva dentro.
El viejo baúl lee un libro ya olvidado en el fondo de sus tripas que estaba escondido entre las mantas. “Los sufrimientos del joven Werther” está escrito en la portada. Se ha puesto las gafas que su dueña guardó un día porque ya habían perdido su graduación. Las gafas son unas viejas Ray-Ban de pasta de carey que le dan un toque atractivo al viejo baúl.
Las lámparas buscan bombillas de 60 vatios. Hay bastantes que están fundidas y la lámpara de araña de cristales de swarovski lleva unas semanas sin ver una puta mierda y se queja indignada: “¡A mis cincuenta años de vida y fundida! Siempre luciendo en las fiestas más caras de esta familia y ahora nadie se molesta en cambiarme ni una sola bombilla ¿Tanto cuesta? Es decir… Soy la lámpara más cara de esta maldita casa ¿Por qué me olvidan ahora? Esto antes no me pasaba ¡Antes se me respetaba!” El resto de lámparas la odian pero simplemente porque saben que ellas fueron compradas en unos grandes almacenes de un polígono industrial, mientras que a ella la trajeron de un famoso anticuario de la Plaza Roja de Moscú. Tienen envidia; Una noche, una de las lámparas la llamó puta, le robó uno de sus cristales y lo escondió en la alacena. El resto de lámparas la encubrieron de una forma tan luminosa que se fueron los plomos y esa noche las velas volvieron a encenderse con las cerillas que si hay algo que odian es que rasquen sus cabezas contra un fósforo para hacerlas prender.
Alfombra se pasa el día pegándose contra la pared para quitarse el polvo que tanto odia. Todos los muebles saben que es de imitación Persa y ella también lo sabe pero se engaña así misma imaginando que la trajeron de tierras desconocidas y lejanas. De hecho, está tan engañada, que cuenta historias sobre todos los viajes que hizo hasta llegar allí y todas la miran y la sonríen y le siguen la mentira para que no se ponga triste. Un día el cojín más gordo de todos, justo pasaba por allí, comiendo un donuts caducado que había encontrado en la despensa, y en plena historia de la alfombra le dijo; “Tú eres como la gran mayoría de nosotros, que no hemos salido de este país nunca, así que deja de decir tonterías. No eres más que una imitación persa.” Alfombra se puso furiosa y le contestó que al menos ella no era una “puta gorda” como él. Casi se pegan. Suerte que la televisión se puso en medio para evitarlo.
Según se sube por las escaleras, de frente, el gran espejo no se mueve. Está triste como sólo puede estarlo un espejo en el que no se mira nadie. Está jodido porque sabe que hasta que no llegue el verano no volverá a verla; a ella. Esa chica tan guapa que siempre le sonreía cuando terminaba de cepillar su pelo largo. Un pelo castaño infinito que llegaba más allá de su cintura y de sus caderas. El espejo era feliz cuando ella pasaba por ahí y se detenía un instante para mirarle a los ojos. De hecho era la única persona que le había mirado de esa forma tan sincera. Ahora lleva meses sin verla, necesita volver a encontrarse de nuevo con ella; frente a frente y saber que aún sigue sintiendo lo mismo que sintió el primer día cuando miró sus ojos grandes y alargados del mismo color de su pelo.
Y así es la casa de verano cuando nadie habita en ella. Y yo, Bolígrafo, a punto de morir, seca ya mi sangre azul, escribo lo que nadie ha visto jamás.
El verano que aprobé Selectividad no me fui de juerga como suele hacer todo el mundo que se va a Mallorca o alguno otro destino de ese tipo para beber más de la cuenta, dormir poco y comer a la hora en que uno se despierta, cosa que no me parece mal, dicho sea de paso, pero decidí irme de voluntario a Eslovaquia, a uno de sus pueblos perdidos, del que ya he olvidado su nombre. Fuimos un grupo de unos diez amigos del colegio con una actividad que organizaba éste, con el fin de ir a ayudar en diversos aspectos a un pueblo que estaba realmente jodido. Antes de eso, la verdad que nos dimos un pequeño homenaje y visitamos durante unos días la ciudad de Viena, luego Budapest y finalmente cogimos un tren que nos llevó a Bratislava y de allí cogimos otro que en tres horas nos dejó en un pueblo desconocido. Después tuvimos que recorrer a pie diez kilómetros para llegar al pueblo donde íbamos a echar una mano. Era verano y aún así llovía con frecuencia, incluso cuando hicimos aquella caminata que nos dejó con los pies destrozados y llenos de barro.
Al llegar allí, nos esperaba Dusan. Un joven de alrededor de veinticinco años que llevaba tiempo trabajando en una ONG dedicada a solucionar problemas que afectaban a la vida cotidiana de los habitantes de pueblos eslovacos. Él atendía a los voluntarios españoles debido a su manejo casi perfecto con el idioma. Llegamos cuando anochecía y fuimos el último grupo de voluntarios en hacerlo. Ya había alrededor de cincuenta personas de todo el mundo que habían ido ahí a lo mismo que nosotros. La cena estaba preparada en el enorme vestíbulo del teatro abandonado donde íbamos a vivir durante dos semanas. La corriente de luz funcionaba a la perfección pero no había ningún tipo de calefacción y a pesar de ser verano hacía frío. Ni si quiera tenían radiadores y las paredes estaban que se caían. Según nos contó Dusan, el teatro había sido construido por un rico pensando que en aquel pueblo podría tener éxito, ya que tenía una población de más de diez mil habitantes, pero lo cierto es que nunca se llegó a estrenar ninguna obra y el hombre lo abandonó por completo. El vestíbulo servía como cocina/comedor y el menú era siempre el mismo; purés y sopas de sabor asqueroso y de segundo un buen plato de arroz. Los domingos había pollo como si fuera un lujo y nos ponían Kofola que era el equivalente a la “Coca-Cola” de allí y que por supuesto, estaba asquerosa.
Dormimos en las tripas del teatro. Allí nos juntábamos todos los voluntarios y los más suertudos dormían en el escenario, done el suelo era de madera y aislaba un poco (sólo un poco) el frío. A nosotros nos tocó dormir con nuestros putos sacos en el suelo de mármol de la platea del teatro que ni si quiera las esterillas eran capaces de paliar su gélido roce.
Al día siguiente nos despertamos a las ocho, desayunamos y se hizo el reparto del trabajo. Nuestro guía, era Dusan, ya que nosotros éramos los únicos españoles. El trabajo que nos tocó era construir un camino de asfalto que saldría de la carretera principal, ya asfaltada, hasta el cementerio del pueblo. Aquel trabajo asignado nos gustó, nos pareció una buena forma de ayudar a la gente de allí, ya que Dusan nos había explicado que eran profundamente espirituales y hasta el más ateo quería descansar en paz dentro de un nicho; de hecho, nos explicó que “Dusan”, su nombre, significaba alma o espíritu. También nos contó que un día de lluvia, la comitiva funeraria, que iba caminando por la carretera principal asfaltada, cuando tuvieron que desviarse por el pequeño camino del campo hacia el cementerio, todo ya estaba encharcado y lleno de barro y a pesar de ello continuaron hacia el cementerio porque no había otro camino alternativo para llegar hasta él. A los pocos metros se les cayó el ataúd a los que lo portaban en los hombros y al ser de mala madera, hecho por un familiar la noche anterior con cuatro simples bloques de madera con forma rectangular, se desquebrajó, y el cuerpo del muerto impactó contra el barro. Todos los que seguían a la comitiva, que por lo visto eran unas quince personas, dejaron allí mismo el ataúd roto y levantaron al muerto con sus manos hasta dejarlo en el hueco de la tumba. Aquella historia nos conmovió.
Fuimos al camino, que estaba rodeado de hierba y flores, pero por donde pasaba la gente cuando iba al cementerio sólo había tierra, baches y pedruscos, debido a todas las pisadas que se producían cada año desde hacía ya unos siglos. Allí conocimos a nuestros “jefes” de obra. Un cura católico que nos presentaron como “Edo”, que medía casi dos metros y era como un verdadero armario empotrado; totalmente musculado con ojos claros y el pelo liso eléctrico de color rubio. Tendría unos cuarenta años y además de dar misa por las mañanas a las cuatro viejas de turno, se dedicaba a arreglar todo lo que podía en el pueblo; por eso tenía aquel aspecto de forzudo. No llevaba sotana ni nada de eso. Sólo una camisa negra con el cuello blanco típico de cura pero abierto, unas bermudas negras y zapatillas grises estilo New Ballance, pero de marca nisuputamadre. Nuestro otro jefe se llamaba Dalibor y era un carpintero del pueblo. Un hombre profundamente ateo. Tendría unos cincuenta años y también su pelo era rubio pero muy rizado. Era bajito y fuerte. El polo opuesto al padre Edo pero a pesar de sus diferencias ideológicas y religiosas tenían una amistad irrompible; tanto que eran mejores amigos, y eso que se habían conocido sólo un par de años atrás cuando Dalibor decidió empezar a colaborar con la ONG de Dusan. En ese pueblo sólo había la parroquia de Edo para los católicos, un templo de calvinistas, otro para evangélicos y la de los ortodoxos. Era increíble ver como en un puto pueblo perdido en el mundo convivían cuatro religiones y todos ellos acababan enterrados en el mismo cementerio, aunque en zonas estrictamente separadas. Incluso los ateos tenían una zona particular.
El trabajo era bien sencillo pero muy duro. El padre Edo y Dalibor habían hecho ellos mismo el 10% de la carretera asfaltada por el camino para que nos sirviera de ejemplo. Ambos nos explicaron el proceso. Dusan nos traducía simultáneamente. El padre Edo y Dalibor de cuando en cuando paraban de explicar y se ponían a discutir entre ellos y cuando lo hacían Dusan no nos traducía. Empezamos con el trabajo. Primero teníamos que cavar huecos con una profundidad de medidas exactas para que encajaran las piedras rectangulares de dos metros y medio de largas y de 20 centímetros de ancho que el Padre Edo y Dalibor habían traído de la estación de trenes abandonada y ahora estaban allí agrupadas en montañas. Pesaban mucho, las teníamos que cargar entre varios y para “divertirnos” jugábamos a ver quiénes eran capaces de levantar una entre los menos posibles ya que Edo y Dalibor eran capaces de trasladarlas juntos. Nuestro récord fue trasladar una entre tres personas. Lo normal era cargarlas de dos en dos entre siete personas (y sufriendo) con unos mosquetones que iban agarrados a unos palos de aluminio que era el instrumento que utilizábamos para levantar las piedras. Se ponían una al lado de otra hasta conseguir un ancho en el que cabía un coche. Después asfaltaríamos de forma muy rudimentaria aquel camino para despedir a los muertos que medía aproximadamente unos cien metros.
Había veces que Dalibor o el padre Edo nos corregían nuestro trabajo cuando lo hacíamos mal y nos indicaban con gestos sin necesitar la traducción de Dusan. El último día de trabajo sólo estaba el padre Edo. Estábamos terminando de asfaltar la carretera. Al final de la tarde llegó Dalibor y le dijo algo llorando a Edo. Dusan puso cara de que había sucedido alguna desgracia pero no nos dijo nada. Después Dalibor llorando empezó a decir unas palabras que se me quedaron grabadas. Eran unas palabras entre lágrimas, lleno de rabia; “Seriem na boha” decía. “Seriem na boha” repetía una y otra vez. Y todos los que estábamos allí nos dimos cuenta y le preguntamos a Dusan qué significaba aquello. Dusan, que era evangélico, movió la cabeza de un lado a otro en señal de lamento y al final nos dijo; “Se ha muerto el hermano de Dalibor y, traducido literalmente, está diciendo “a la mierda Dios”, que en español se diría…” Dudó un momento y miró hacia arriba como haciendo un esfuerzo terrible para encontrar la expresión adecuada. Hasta que un amigo dijo en alto; “Dalibor se está cagando en Dios”. Dusan asintió con la cabeza y nosotros al descubrir el significado espontáneamente miramos cuál era la reacción del padre Edo, que muy serio le pasaba el brazo por la espalda y lo apretaba contra su pecho mientras Dusan lloraba sobre su camisa negra.
El hermano de Dalibor vivía y cuidaba de él desde siempre debido a que tenía una grave enfermedad degenerativa que terminó acabando con su vida en aquel preciso momento. Ambos solteros, sin hermanos y con sus padres ya muertos, no tenían a nadie. Su hermano (no recuerdo el nombre) también era ateo pero Dalibor le pidió al padre Edo que oficiara la ceremonia, eso sí, enterrándole en la tumba de sus padres, que estaba situada en la zona de la gente que no profesaba ninguna religión. Además nos pidió entre lágrimas, mientras traducía Dusan, que quería que todos los que habíamos ayudado en la construcción de la carretera, ahora le ayudáramos a llevar el ataúd. Por supuesto que aceptamos.
Estaba previsto llevar el ataúd al final del día siguiente antes de que anocheciera con la esperanza de que el asfalto se secara y se logró porque no llovió en toda la noche, ni durante el día siguiente. Sobre las seis de la tarde sacamos el ataúd de la casa de Dalibor donde se improvisó una capilla ardiente para que fueran a visitarlo. Sólo se pasaron por allí todos los voluntarios que iban llegando como un cuenta gotas para cubrir todas las horas hasta el atardecer para no dejar solo a Dalibor en compañía del cadáver frío de su hermano que ya empezaba a oler. Atravesamos todo el pueblo, cogimos la carretera y después de media hora de recorrido llegamos al camino que habíamos hecho, donde nos esperaban todos los voluntarios alrededor de él y algún que otro viejo curioso que se había enterado de la noticia. Cada uno cargaba de una forma el ataúd, unos en el hombro y los que ya no podían agarrarlo por ningún lado, lo iban sujetando por los lados con las manos para evitar que se cayera. Dalibor era el primero de todos y lo llevaba sobre su hombro derecho.
Cruzamos nuestro camino pisándolo con fuerza. Sintiendo cada pisada. Sabiendo lo afortunados que éramos porque el azar había tenido el capricho de que nosotros fuéramos los primeros en atravesarlo para enterrar a un habitante de aquel pueblo.
Al entrar al cementerio fuimos a la tumba de sus padres que ya estaba abierta. Cinco de nosotros bajamos con cuerdas el ataúd después de que Dalibor lo besara. El padre Edo, esta vez revestido con sotana, comenzó a rezar en alto oraciones en latín y no pasó más de un minuto para que empezara a diluviar. El resto de voluntarios se fueron corriendo para resguardarse de la lluvia y solamente nos quedamos allí el padre Edo (que seguía con sus oraciones), Dalibor, Dusan y nosotros. Cuando Edo terminó con lo suyo, hizo un gesto con la mano señalando a las palas y tres de mis amigos comenzaron a echar tierra sobre el ataúd mientras el padre Edo se santiguaba y decía “Requiscat in pace”.
Y allí nos quedamos, calándonos hasta los huesos, en silencio, mientras escuchábamos como la lluvia chocaba contra la tierra y las tumbas, presenciando por primera y única vez en mi vida los fuegos fatuos. En medio de aquello, Dalibor rompió a llorar y mientras le tratábamos de consolar con nuestros abrazos, de pronto el padre Edo empezó a entonar el Sanctus con una solemnidad perfecta. Con una voz tan delicada y fuerte que jamás habríamos podido creer que se trataba de la suya si no lo hubiéramos visto con nuestros propios ojos. Aquel canto gregoriano nos hizo convertirnos en lluvia, en muerte y en vida.
Al salir del cementerio, nuestro camino ya se había ido a tomar por culo. La lluvia lo estaba destrozando por completo y sin decirnos nada, volvimos a cruzarlo, pisándolo con más fuerza que antes mientras notábamos que los pies se nos hundían sobre aquel asfalto que se iba diluyendo. Y volvimos a sentirnos afortunados porque el azar decidiera de nuevo tener el capricho de destruir nuestra obra justo después de haberla estrenado.
A la mañana siguiente volvíamos a Viena para coger un avión y volver a casa. Recuerdo que cuando nos fuimos al autobús que nos llevaba a la ciudad, miramos a través de la ventana y allí estaba Dalibor y el padre Edo que nos habían acompañado para despedirse de nosotros. Cuando el bus arrancó y se puso en marcha, recuerdo que Edo alzó su mano para bendecirnos e hizo hacia nosotros la señal de la cruz; su mano fue de arriba abajo y de izquierda a derecha. A su lado estaba Dalibor, el profundo ateo y mejor amigo del cura. Él no nos hizo ningún tipo de bendición o sí, a su manera, mientras el padre Edo hacía eso, Dalibor alzó su mano derecha con los dedos en forma de “V” y después al bajarla, alzó el puño izquierdo hacia el cielo.
Cuando era pequeño, el mes de julio lo pasaba en un pueblo de Castilla La Mancha donde vivieron mis abuelos paternos gran parte de su vida. Era llegar allí con mis hermanos mayores y nos volvíamos salvajes. Para nosotros, unos chicos de ciudad, vivir en un pueblo durante un mes, en medio del campo, rodeados únicamente por viñas y más viñas para hacer todo tipo de vinos, era una verdadera aventura. En verano alcanzaba los diez mil habitantes y no recuerdo cómo pero me hice amigo de un grupo de chavales que habían nacido allí y vivían durante todo el año en aquella población. Para mí era increíble pensar que ellos podían vivir ahí y para ellos era brutal imaginar que yo pudiera viviera en la ciudad.
Me pasaba prácticamente todo el día en bañador, camiseta y zapatillas. Los chavales utilizaban bicicletas para moverse por el pueblo y mi medio de transporte era una vieja bicicleta roja de marca BH. Por las mañanas solía despertarme pronto, me subía en la bici y me iba a comprar churros y porras al mercado para llevarlos a casa y desayunar con mi familia. Luego iba al bar que estaba junto a la plaza y compraba el periódico para mi padre. La gente se me quedaba mirando con hostilidad cuando iba por las calles, para ellos era un forastero desconocido. Cuando entraba en el alguna tienda de comestibles, mientras esperaba mi turno, una media de tres viejas en menos de cinco minutos me preguntaban: “¿Y tú de quién eres?”. Ante esa pregunta (que tanto odiaba) tenía dos opciones: 1)Decir el nombre de mi padre y que no me reconocieran y así sólo conseguiría que siguieran haciéndome dos millones de preguntas, ó 2)Decir el mote familiar, que en los pueblos es costumbre reconocer a las estirpes con apodos odiosos referidos a defectos físicos de antepasados o a los oficios familiares ya desfasados en la mayoría de los casos. Mi padre nos había enseñado a huir de ambas opciones respondiendo con un “Soy de mi padre y de mi madre” y a tomar por culo.
Para los amigos que tenía en el pueblo, yo era la novedad. El Internet aún no había llegado a esos lugares, ni si quiera era normal tener internet en las grandes ciudades. Para ellos el mundo era un lugar desconocido. Me venían a recoger a casa. Llamaban al timbre y allí me los encontraba con sus bicicletas esperando a que saliera. Solíamos atravesar el pueblo dando vueltas sin ningún rumbo mientras me pedían que les hablara de cómo era la ciudad y sobre qué hacíamos allí la gente, “en un sitio tan grande”. Eran preguntas para ellos muy claras y para mí terriblemente extrañas, que incluso me costaba responder. Éramos un grupo de ocho chicos de alrededor de doce años en un pueblo sin nada divertido y básicamente nos dedicábamos a hacer el burro. Antes de que anocheciera cruzábamos el pueblo hasta llegar a las viñas, donde allí atravesábamos un río por el viejo puente romano, ya casi en ruinas, hasta llegar a un caserío deshabitado desde el siglo pasado. “Jugábamos” a romper sus cristales con nuestros tirachinas y tirábamos petardos. Uno de los chavales tenía enterrada su escopeta de cartuchos que hacía un año había comprado sin consentimiento de sus padres y había decidido esconderla cerca de la parte de atrás de aquella gigantesca casa. No se la dejaba a nadie. La desenterraba de un agujero y se dedicaba a disparar a las tres chimeneas que aún se elevaban sobre el tejado. Cerca de allí, al resguardo de un pequeño monte, estaba la cueva del Tuerto. Sólo sabíamos de él lo que nos habían contado los viejos del pueblo. El Tuerto era un hombre sin familia que había estudiado filosofía en Barcelona y gozaba del respeto de los principales círculos filosóficos de la ciudad, dando clases en la universidad y conferencias en sitios importantes. Acabó aquí porque un buen día, una de las pocas maestras del pueblo, por aquel entonces, Isabel (noséqué), joven inteligente de familia adinerada, que junto a su hermana, se fue a visitar Barcelona donde casualmente conoció al tuerto, que en aquel momento era aún conocido por su nombre de nacimiento; Alejo Barrat. Se enamoraron rápidamente y meses después, Alejo decidió renunciar a todo para irse a vivir al pueblo, donde gestionaría una de las bodegas de la familia de Isabel. Se casaron en la vieja ermita de la Virgen de los Nubarrones, así es como la llamaban todo los oriundos de forma coloquial; en realidad se llamaba Nuestra Señora de las Alturas. Alejo Odiaba aquel trabajo con todas sus fuerzas. Le gustaba el vino, pero no le gustaba hacer todas las putas cuentas para controlar los precios, las ventas y un largo etc. tedioso para gestionar de forma eficiente la bodega de la familia de ella. Aún así, se esforzaba cada día y siempre puso todo su empeño en aquel trabajo porque amaba a Isabel. Sólo por eso. Él lo que de verdad quería era seguir filosofando, dando conferencias en salas repletas de gente y no estar en la oscuridad de una bodega, entre gigantes tinajas y suelos mojados.
Un año después de la boda, Isabel se murió. Una mañana, cuando Alejo se despertó y se incorporó para besar la cara de Isabel, notó su carne congelada y vio como su piel morena estaba completamente pálida. En tan sólo un minuto descubrió que se había muerto. Jamás se supo la razón del fallecimiento. Después del entierro, esa misma noche, Alejo se fue a la bodega y se emborrachó como nunca en su vida. La bodega tenía un sótano donde guardaban de todo, y entre tantas cosas, tenían una habitación reservada para el material de caza que usaba la familia cuando se reunían para ir de montería. Bajó al sótano, abrió sus portones a duras penas y fue dando tumbos hasta llegar a la habitación, donde cogió una escopeta y apuntándose a la cara, disparó. Iba tan borracho que no se dio cuenta que había cogido una escopeta de pequeños perdigones que se utilizaba para cazar pequeños pajarillos. El perdigón atravesó su ojo izquierdo. Se desangró pero tuvo la fortuna de que un vecino escuchó sus gritos y pudieron llevarlo al hospital del pueblo de al lado, que era mucho más grande y que sus urgencias ya estaban sorprendentemente desarrolladas para aquella época. Se salvó pero se quedó tuerto y por la trayectoria del perdigón y la distancia, no perdió la vida. Una vez recuperado, sin decir nada a la familia de Isabel, se fue con su coche y algunas cosas esenciales que cargó en el maletero y acabó en aquella cueva. Durante los tres primeros años trataron de hacerlo volver pero jamás lo consiguieron.
Nunca nos atrevíamos a acercarnos a la cueva. Desde el caserío siempre solíamos ver cómo salía humo de la cueva y ver aquello nos gustaba porque éramos conscientes de que el tuerto no era un simple cuento para acojonar a los niños del pueblo. Nos gustaba sentir como se alimentaba el misterio de una historia que nunca se podría saber a ciencia cierta qué parte era verdad y qué parte era mentira. El hecho de ver el humo deshaciéndose hacia el cielo, nos hacía sentir parte de aquella historia del pueblo.
Una tarde cuando llegamos al caserío y nos pusimos a hacer las burradas de siempre, Ángel Luis empezó a cagarse en todo al descubrir que su escopeta no estaba en el escondite. Se encaró con todos nosotros mientras nos gritaba enfurecido que se la habíamos robado. De pronto, en pleno griterío, el sonido de un disparo sonó en todo el campo y una bandada de pájaros cruzó el cielo. El sonido venía de la cueva del Tuerto. Sin dudarlo, pero con mucho miedo, fuimos corriendo hacia allí, con mucha cautela, mirando siempre hacia atrás, por si alguien nos sorprendía, veíamos asustados como nos alejábamos de la vieja casa, nuestra imaginaria frontera de seguridad que nos separaba del temido Tuerto.
La cueva estaba en un terreno muy irregular y nos escondimos detrás de otro montículo desde donde veíamos la entrada. No había movimiento alguno, así que después de discutirlo durante diez minutos, decidimos adentrarnos. Lo primero que vimos fue el coche del tuerto del que nos habían hablado; un viejo Mercedes que ya estaba destartalado con la pintura totalmente levantada. Entramos en la cueva, estaba adecentada como una pequeña casa. Había tres huecos, uno de ellos lo que podía ser su “habitación”, donde tenía muchas mantas con un colchón repleto de agujeros y muelles. En otro, el “salón”, donde había hecho sillas, una mesa, y varias estanterías con ramas y troncos de árboles, repletas de libros. El último hueco era una improvisada cocina, donde había hecho una pequeña estufa con un tubo que salía a la superficie como si de un moderno extractor de humos se tratara. Allí nos encontramos al Tuerto. Tendido en el suelo, con la escopeta de Ángel Luis en la mano, con un cartucho ya en su cabeza y todo manchado de sangre. Era el primer muerto que mis ojos veían y que mi cabeza aún sigue recordando. Sin decir nada, salimos de allí con una profunda sensación de tristeza, pero antes de salir de la cueva, al pasar por la habitación de los libros, vi una figura de madera colgada en la pared, parecía un extraño ídolo con ojos y boca misteriosa que supuse que había sido tallado por el propio Tuerto. Un impulso extraño salió de mí, arranqué la figura de la pared y me lo guardé en el bolsillo del bañador. Nos fuimos corriendo de allí a por las bicicletas, que habíamos dejado tiradas en el caserío, y dando pedales con las piernas temblando, llegamos al pueblo y se lo contamos al policía que vivía al lado de mi casa.
Aún conservo aquella figura que ahora cubre la pared de mi escritorio y sigo sin saber qué significa, sigo preguntándome si era un ídolo, un dios o un compañero. Cuando miro la figura, recuerdo aquel verano, y a veces me quedo atontando mirando sus penetrantes y profundos ojos, pensando que quizá trató de esculpir la mirada de Isabel en aquel tosco retrato de madera.
De lo que sucedió después de contarle la noticia al policía, nos ocultaron todo, salvo la brutal paliza que se llevó Ángel Luis por parte de su padre cuando se descubrió que la escopeta era suya. Lo otro que supimos fue que el tuerto acabó siendo enterrado en la misma tumba que Isabel y durante varios años, todos los veranos, arrancábamos las flores que encontrábamos en el campo de camino al cementerio, y se las dejábamos junto al epitafio de la tumba que decía: “Mis ojos llevaban tiempo esperando a estar con el tuyo”.