jueves, 14 de julio de 2016

Relato dedicado a un lector

Esta es una historia que viví hace un año. Puede que os parezca impresionante o una puta mierda pero es real y quiero contarla para ensalzar a esas personas anónimas en el mundo que hacen cosas grandes por el resto.

El verano pasado estuve en el Fib con mi colega Duki. Fuimos los dos solos en su furgoneta. No íbamos a todo el festival. Fuimos solamente el sábado y el domingo. Muchas veces los mejores planes que puedes hacer en tu vida con tus colegas resultan que son aquellos en los que sólo vas con uno porque el resto no se ha podido apuntar al plan. Las ventajas de hacer un plan con una sola persona es que no existe la democracia entre vosotros para elegir cada cosa, pero para ello es preciso que tu acompañante tenga las cosas tan claras como tú. ¿Alcohol? Whisky ¿Salir del festival cada noche cuando cierra? Quizá no sea necesario ¿Plantarse a las cinco de la tarde para ver tocar a la primera banda? Quizá tampoco sea necesario ¿Dónde comemos? Donde más nos apetezca ¿Vamos a la playa? Pues ya que hemos salido a las ocho de la mañana del sábado desde Madrid pues vamos ¿Pillamos a gente de BlaBlaCar? Pillamos a gente de BlaBlaCar ¿Dónde dormimos? Ya improvisaremos.

Si algo teníamos claro era eso. No gastarnos ni un solo euro en dormir en un hotel/camping/piso. El único plan B que teníamos era dormir en la zona de acampada que incluía nuestro abono, pero no era lo que más nos apetecía. Incluso nos habíamos planteado dormir a las afueras de la ciudad subiendo a las montañas. Ese mismo día en cuanto llegamos a Benicasim, nos fuimos a la playa y nos tomamos unas cervezas en una terraza pegada al mar. En ese momento se me ocurrió subir la típica foto #postureo en la que más que guay, pareces retrasado, aunque eso es otro asunto, y el caso es que  escribí una simple palabra al pie de la fotografía: FIB. La compartí en Twitter y al momento la gente empezó a contestarme y entre todos los tuits había uno de un tal Javi que me  comentaba algo así como "Ostrás, como te vea por allí no sé si me atreveré a saludarte." Rápidamente le reconocí. Me di cuenta que era un lector de Bilbao que en mayo había venido desde allí para, entre otras cosas, ir a la presentación de mi libro en Madrid. Valoro mucho y me impresionan esos esfuerzos que vosotros, mis queridos lectores, habéis llegado a hacer, como recorrer más kilómetros de la cuenta para conocerme, y en cierto modo me siento en deuda con vosotros y trato de compensaros de alguna manera. A veces lo consigo y otras muchas no. Al ver la contestación de Javi, no lo dudé y le escribí por DM diciéndole que sería un placer tomarme con él unas cervezas. Él reaccionó algo incrédulo y agradecido. Lo más probable es que no se imaginaba que yo iba a tener esa reacción. Quizá os pensáis que soy una diva o algo parecido pues por muchos comentarios que la gente me deja, a veces he podido deducir eso. Me contestó que estaría encantado, que además estaba yendo al festival solo estos días, pues en realidad estaba pasando sus vacaciones en Marina Dor (o como coño se escriba) acompañando a su hermana y sobrinos. Me reconoció que él jamás iría allí por su propio pie. Le dije que se uniera a nuestro plan. Es la suerte de que no haya democracia en estos planes cuando con el amigo que vas no tienes ningún problema. Oye ¿Se puede venir con nosotros un tío que ni si quiera conozco pero lee mi blog y creo que es majete? se puede venir.

Quedamos con él a las seis y media en una zona concreta del recinto del festival. Allí nos presentamos y a los cinco minutos, Javi nos enchufó a cada uno un mini de cerveza en la mano sin que nos diéramos cuenta. Esa fue la rutina que llevamos aquellos dos días y medio. El cabrón no se dejaba invitar en ningún momento, y mira que insistíamos y lo intentábamos por todos los medios, pero creo que sólo lo conseguimos para cenar un día o ni eso. Era una de esas personas que derrocha generosidad por cada poro.Nos fuimos conociendo, estuvimos en varios conciertos antes de que cayera la noche, y en uno de esos Javi me preguntó que dónde estábamos durmiendo y le contamos que en ningún sitio, que improvisaríamos pero que lo más probable es que acabaríamos en cualquier lado con la tienda de campaña que llevábamos en el maletero de la furgoneta. Javi se descojonaba de la risa y no daba crédito de nuestra estoica decisión. "Bueno, anda, voy a hacer unas llamadas a mi hotel de Marina Dor, a ver si consigo algo..." Volvimos a insistir en que no se preocupara, pero era imposible convencerle de ello. Tras varias llamadas al final nos dijo que ni nos preocupáramos, que en el hotel le permitían meter a uno más en la habitación pues tenía dos camas, y que el otro durmiese en el sofá cama que había. Joder, Duki y yo no nos lo creíamos. Era surrealista. Hacía un minuto íbamos a sobar en una maldita tienda de campaña a la intemperie y ahora nos íbamos al puto Marina Dor. Le dimos infinitas gracias y tratamos de celebrar nuestra salida de la mendicidad ocasional invitándole a unas copas pero por supuesto que lo volvió a impedir.

Vimos a Los Planetas, a Blur y  algún otro grupo más, estuvimos un rato con mi amigo Eric, y cuando ya íbamos con todo el máximo de alcohol que nos cabía en las venas, nos marchamos a la ciudad de vacaciones (Joder, que daño hace el marketing) más famosa de España. Javi se puso de copiloto para guiarnos y Duki al volante. Música, risas, comentarios del festival y a los quince minutos, al pasar un rasante de una carretera secundaria destino Marina Dor, nos encontramos con un monumental control de la Guardia Civil que era imposible de esquivar. Nos acojonamos al instante. Duki comenzó a echar la furgoneta al arcén tal y como le indicaba el agente y antes de que bajara la ventanilla, le pregunté "¿Das positivo?" y me respondió: "No." Con Duki no hay término medio, o expresa la ironía para que la entiendas con facilidad, o directamente te suelta un NO que te crees que es verdad. Así que me tranquilicé. Tonto de mí. Al segundo el guardia le estaba diciendo que había dado una cifra (no recuerdo cuál) lo suficientemente grande para ponerle una sanción administrativa de 500 euros (con reducción a la mitad) y de quitarle nosecuantos puntos. Joder. Vaya cagada. Me jodía la situación y en esos momentos pensaba por mis adentros, no teníamos que haber ido nunca al puto Marina Dor este de los cojones. Si hubiésemos dicho "No, gracias, Javi. Ya nos apañaremos", nada de esto hubiera pasado, pero dijimos sí y ahora estábamos jodidos.  Javi sopló para ver si podía conducir él y pudiéramos seguir nuestro camino, pero su tasa de alcohol era mucho mayor: 0´60 y pico. Y yo no podía soplar porque directamente no conduzco. Le dijeron a Duki que en quince minutos le harían otra prueba ya dentro del furgón que allí tienen que por lo visto es más exacto. Pero estaba de subida, como se dice, y dio un tasa aún mayor. Nos dijeron que iban a inmovilizar ahí mismo la furgoneta si no llamábamos a alguien para que viniera a recogerla. Le explicamos que éramos de Madrid y Bilbao, que estábamos durmiendo en Marina Dor y que esa opción era imposible. Nos dijo que entonces tendríamos que esperar tres horas a que se le bajara el alcohol. Miré el reloj y pensé, de puta madre, vamos a ver amanecer en una cuneta de Benicasim. Mi sueño desde que era pequeñito... NO. 

Ojalá lo hubiese sido, pero no.Al final nos tuvieron allí dos horas y nos dejaron marchar. Esta vez me senté yo de copiloto para darle apoyo moral a Duki y Javi nos iba dando indicaciones desde atrás. Podía notar que Javi se sentía en cierto modo culpable de lo que había pasado. El efecto del alcohol aún persistía en su organismo y estaba un poco desubicado. Nos acabó guiando hasta un descampado en el que nos dijo que necesitaba bajarse del coche para volver a ubicarse y podernos decir dónde coño estaba Marina Dor. En ese momento sentí miedo ¿Y si este pavo nos ha traído hasta aquí para que unos matones rusos nos metan una paliza y nos roban? Muy típico... No, pero pensé algo así, algo parecido, algo malo. Desconfié de él por un momento y eché el seguro de todas las puertas de la furgoneta. Diciéndole que no, que de aquí no se movía nadie, y dispuesto a liarme a puñetazos allí mismo dentro de la oscuridad de la furgoneta, si aquel lector en realidad era un loco. Javi se empezó a agobiar y yo a asustar pero de pronto logró relajarse y nos indicó a la perfección el camino. Dejamos aparcada la furgo y entramos en Marina Dor. Joder, eran pasadas las seis de la mañana y allí parecían las doce del medio día. Todo el mundo de fiesta. Arregladísimos. Daba la sensación de que eran jóvenes de los pueblos de alrededor que iban de fiesta a las discotecas de allí. Y en medio de todos ellos, tres tíos, que más bien eran zombies con olor a Whisky, atravesando la muchedumbre camino del hotel. Javi iba un poco más adelantado que nosotros y aproveché para decirle a Duki "¿Te imaginas que nos lleva ahora a un sitio donde nos meten una paliza?" A lo que respondió "Tú sabrás, tu eres el que lo has traído con nosotros." Lo dijo muy seriamente. Estaba cansado y hasta las pelotas. En ese momento tembló nuestra pequeña antidemocracia. Pero por supuesto que eso no pasó. Javi nos dejó hueco en su habitación (yo le cedí la cama a Duki y me quedé con el sofá porque suficiente tenía ya el hombre) y además nos dio una botella de agua y una chocolatina para que nos metiéramos azúcar entre pecho y espalda antes de dormir. Javi era un tío que cuidaba todo al máximo detalle. Una de esas personas que se dedica a preocuparse del resto y a olvidarse de sí mismo. Me estuvo contando que hace varios voluntariados, entre ellos uno en el que presta su atención a presos los fines de semana.

A la mañana siguiente pasamos el día en la piscina y playa de Marina Dor, comimos por allí y ya estábamos algo más relajados. Javi esa misma tarde se prestó a ir en su coche al recinto y nosotros dejar aparcada la furgo. Esta vez nos tomamos sólo unas pocas cervezas. Javi fue al festival con un camiseta del Athletic de Bilbao para dar su apoyo a Belako, la banda bilbaína que yo sólo conocía de oídas. Estuvo muy bien el concierto. Después descubrimos a los Augustines (muy buenos) y cenamos con Portishead de fondo, sentados en el césped. Hablamos de música entre otras muchas cosas, de Sabina, que a ambos nos flipaba, pero Duki sin embargo reconocía que sólo conocía las canciones más típicas. Javi insistió en lo mucho que le gustaban los Belako y me contó que tenía su disco firmado. A mí me gustó mucho el concierto y le prometí que en cuanto llegara a Madrid lo escucharía sin dudarlo. Esa noche al llegar al hotel nos dijo que tenía que sacar dinero. Fuimos a un banco que había al lado. Y apareció dándonos unos billetes diciendo "Aquí está mi parte de la multa." Ni de puta coña, le contestamos. Ahora sí que fuimos nosotros los que nos negamos y le impedimos tal gesto que sin embargo agradecimos mucho.

El lunes teníamos que hacer el check out a las doce. Javi fue a hacerlo mientras nosotros terminábamos de ducharnos. Quedamos en el hall de la entrada. Él tenía algo de prisa porque desde que habíamos llegado no había visto en dos días a su hermana y sobrinos, cuando en realidad ese era su plan principal, y además quería desayunar con ellos y marcharse. Le quedaba un largo camino hasta Bilbao. Cuando bajamos al hall, él ya estaba terminando de hacer el check out. Esperamos y al fin llegó la despedida. Nos pegamos cada uno un abrazo con él, agradeciéndole todo lo que había hecho por nosotros y asegurándole que estábamos en deuda con él para siempre. Antes de marcharse sacó de su mochila dos Cds para regalarnos. A Duki le regaló el directo en acústico de Sabina "Nos sobran los motivos" formado por dos discos y a mí el disco de Belako, que tanto cariño le tenía porque estaba firmado por sus componentes. Dos regalos muy significativos, el primero para que Duki se pusiera al día con el maestro y para mí el disco que le prometí escuchar al llegar a Madrid. Nos fuimos emocionados. Pensando en lo brutal que es el mundo cuando te cruza de repente con personas tan buenas como Javi. El tema del control había sido un auténtico palazo para Duki, y aunque ya lo habíamos olvidado de alguna forma, nos tiñó un poco de gris nuestra estancia.

Duki había publicado el viaje de vuelta en BlaBlaCar y teníamos que recoger a cuatro personas cerca del festival pero a las cuatro de la tarde, así que decidimos pasar el día tranquilamente en la playa de Marina Dor, comer por allí y después ir a recoger a los pasajeros. Al acercarse la hora y después de haber comido, nos montamos en la furgo. Nos sentíamos satisfechos por el viaje surrealista y perfecto que habíamos vivido. Estábamos alegres. Duki arrancó el coche y antes de que nos fuéramos me dijo que pusiéramos alguno de los discos de Javi, algo que me pareció muy buena idea, y a mi se me ocurrió hacernos un selfie con los discos para enviarle la foto a Javi por WhatsApp. Joder, salíamos 100% alegres portando cada uno su disco. Antes de enviarle la foto, Duki me advirtió que iba a poner el de Sabina; "¿Cuál pongo? Este disco tiene dos Cds ¿No?" El segundo disco venía justo detrás del primero al plegar la bandeja pero Duki no conseguía abrir esa carátula de plástico, así que se lo arrebaté de las manos y lo abrí para sacar el otro disco. De pronto en nuestras narices nos encontramos su "parte" (y algo más) del dinero de la multa. Nos miramos en silencio con las caras desencajadas.  Y acto seguido, Duki empezó a reírse como un loco y la risa se le mezcló con las lágrimas, que por supuesto me contagió. De repente nos vimos en un estado de locura irrefrenable y nos dimos un abrazo, pensando que Javi una vez más se había salido con la suya, y convencidos de que gracias a personas como él, este mundo merece la pena. Se cumple un año de aquella aventura y no me canso de contar esta historia que no se me olvidará jamás.

Viajad y conoced gente. Los lugares se convertirán en escenarios repletos de prodigios gracias a esas personas.

miércoles, 20 de agosto de 2014

miércoles, 18 de junio de 2014

El aprovechamiento de la ducha

En la ducha se cantan las mejores canciones y se toman las decisiones más importantes. 
Lavarse es secundario.


Dibujo: @Blancobain_

miércoles, 21 de mayo de 2014

Día de feria

Dejamos de ir a la playa porque, una vez muertos mis abuelos, quedó en herencia su casa del pueblo y mis padres en toda su humildad y sencillez decidieron que nuestras vacaciones, desde ese momento en adelante, iban a ser en el pueblo. No hubo problemas ni quejas por parte de mis hermanos. Todo estábamos en una edad en la que te diviertes sea donde sea; en la playa o en un puto pueblo perdido en el campo, salvo cuando crecimos que ya se nos hacía más pesado. Yo era el más pequeño de todos y la verdad que siempre seguía el ritmo de mis hermanos mayores y me adaptaba a sus formas.

Allí hicimos buenos amigos y estábamos todo el día haciendo cosas que en la ciudad no podríamos hacer nunca. Para la gente del pueblo, éramos gente “especial” o mejor dicho, distinta, por el simple hecho de que no éramos de allí. Eso se traducía sencillamente en que la gente nos prestaba atención. En mi caso concreto, además de tener muchos amigos, recuerdo que las chicas se interesaban en conocerme. Todos los veranos había alguna chica que quería acercarse a mí en el sentido más físico y menos emocional. Me acuerdo de la mayoría de chicas que me dedicaron más de un segundo en aquel pueblo, como por ejemplo de Ana o más bien conocida como Anita; una chica guapa y mal hablada. Morena de piel y castaña de pelo. Los rumores que se oían de ella no la enaltecían, la verdad. Era amiga de una amiga de mi prima y por eso la conocí. Pronto me di cuenta de que yo le gustaba por los comentarios que hacía su amiga y a mí la verdad que me daba igual aunque reconozco que me hacía gracia el hecho de atraer a una chica así. A su lado me sentía bastante niño, que también lo era, pero me refiero a que ella era una niña con cuerpo de mujer y eso me impactaba, puesto que jamás una chica que ya empezaba a entrar en una edad de más madurez en todos los sentidos, se había fijado en mí.

Ella había dejado de ir al colegio muy pronto y trabajaba en la peluquería de su madre, la única que había en el pueblo, junto con la barbería del viejo Anastasio. Ella ya ganaba dinero y yo sólo ganaba la propina de mi madre que solía ser una moneda de quinientas pesetas que gastaba en chucherías y Coca-Cola. Muy patético. Mis amigos me venían a buscar a casa, luego nos juntábamos con el grupo de chicas, donde también estaba Anita y después nos escapábamos ella y yo del grupo y me llevaba a cenar a los mesones del pueblo; ella elegía la comida y ella la pagaba. Los pueblerinos nos miraban raro al ver a un par de críos cenando en esos lugares. Para mí era una amiga e incluso una madre. Por aquel entonces yo no tenía ni idea de lo que era querer y/o amar a una chica. Sólo era un niño.


A finales de agosto eran las fiestas del pueblo y como es normal, montaban una feria con atracciones, algodón de azúcar y pollos asados. Mis hermanos se iban con sus amigos a hacer botellón y no me dejaban ir con ellos; mis amigos no querían ir a la feria y a mí sí que me apetecía, por lo que mi única opción era ir con mis hermanas. Aquel verano ellas se hicieron amigas de los feriantes de una atracción. Era una atracción circular con unos vagones en forma de casco de fútbol americano, para dos ocupantes, que estaban colocados uno detrás de otro hasta lograr un círculo gigante y en el medio había una figura de un jugador de fútbol americano estrujando una pelota con cara de mala leche. Cuando se ponía en funcionamiento la atracción, giraba ese círculo y los cascos en los que iba montada la gente, giraban alrededor de sí mismos. Básicamente eran como las clásicas tazas locas pero algo más “modernas”.

El caso es que mis hermanas se ponían a hablar con aquellos feriantes, que eran los típicos cachas que son medio gitanos, jóvenes, alegres y juerguistas. No sé de qué hablaban pero mis hermanas sonreían mucho y les reían todas las subnormalidades que salían de sus bocas. Yo mientras tanto, a su lado, estaba aburrido viendo como la atracción giraba y giraba, a ritmo de musicote digno de una GOA y con los comentarios del speaker de la atracción, uno de los tíos que daba la chapa a mis hermanas. El speaker decía cosas como: “¡Recuerden que antes de subirse hay que pasar por taquilla y soltar la mantequilla!”, “¡Vamos, vamos, a subir esas manos!” Pero lo que más me gustaba era cuando se ponía a cantar la canción de “La tía Enriqueta” de Chimobayo, mientras sonaba a todo volumen aquella maldita música.

Uno de los feriantes que estaba hablando con mis hermanas me vio aburrido y para hacerse el majo, me dio fichas para montar en todas las atracciones de la feria totalmente gratis. Mis hermanas me dijeron que ellas se quedaban allí y yo me fui a La Olla, otra atracción giratoria que estaba en la entrada de la feria, justo al lado contrario de donde estábamos nosotros. Cuando llegué allí me encontré a Anita con sus amigas subidas en la atracción. Toda la gente estaba saltando en el centro, menos ellas que estaban sentadas en el círculo giratorio. Justo abajo había unos chicos esperando para subirse en la siguiente tanda y cada vez que la atracción giraba y Anita pasaba cerca de ellos, los chicos la insultaban. Bueno en realidad “sólo” decían “guarra” y “puta”. Precisamente no eran un diccionario abierto aquellos ineptos. Ella los ignoraba por completo y recuerdo que se reía al ritmo de la atracción. También había otras veces en que había presenciado como la “piropeaban” al estilo obrero, es decir, diciéndole un millón de guarrerías para hacer con ella y su cuerpo. Cuando La Olla paró, se bajaron y me vio, fue corriendo hasta donde estaba y me dio un abrazo. Yo ni si quiera la abracé pero estaba contento de haberme encontrado con ella. Le dije que tenía todas las fichas del mundo para montarme mil veces en cada atracción y ella me dijo que quería montar conmigo esas mil veces. Sus amigas se fueron. Recuerdo que escuché como la amiga de mi prima le decía a Anita; “Vente con nosotras ¿No ves que es un niñato que sólo está deseando montarse en el tiovivo?” Y era cierto, bueno, me la sudaba el tiovivo, pero quería estar allí montando en todas esas gilipolleces. La verdad que nunca entendí porque yo le gustaba, tampoco me lo dijo y tampoco se lo pregunté; no me importaba. Esa noche ella se quedó conmigo y nos subimos a casi todas las atracciones, incluso en las camas elásticas, donde me dediqué exclusivamente a hacer mortales y a saltar sobre la colchoneta de Anita en el momento más inesperado para que ella perdiera el equilibrio y se cayera al suelo. Cuando eso sucedía me agarraba rápidamente del brazo como si fuera un gato y me empujaba para que me cayera sobre ella, que no paraba de reír y trataba de darme un beso en los labios que yo siempre esquivaba.

Por último, fuimos la atracción donde había dejado a mis hermanas y ahí seguían hablando con los tíos esos mientras comían pipas sin sal. Me quedaban dos fichas y me subí allí con Anita. Girábamos deprisa sobre nosotros mismos y ella riendo/gritando se agarraba a mí, mientras yo me agarraba a las barras metálicas de seguridad que evitaban que saliéramos volando. Al acabar me despedí de Anita, que me dio un beso en la mejilla, y yo me quedé con mis hermanas hasta que cerraron la atracción. Una de mis hermanas se intercambió una pulsera con el speaker; Él le regaló una de tela de color azulada que tiró nada más llegar a casa y mi hermana le dio un aro de madera que llevaba en su muñeca. “Vaya chorrada” pensé. Nos fuimos de allí y al día siguiente volvimos a la ciudad. El verano había acabado para nosotros. Nunca más aquellos feriantes volvieron a la feria y jamás volví a hablar con Anita en los sucesivos veranos porque, según me enteré después, jamás me perdonó no ir a despedirme de ella la mañana que nos fuimos a Madrid.

 


El fin de semana pasado estuve en las fiestas de Rivas-Vaciamadrid con mis amigos y dimos un paseo por la feria. Había una atracción exactamente igual que la del rugby pero era de otro color, más grande. No sé, no pensé que iba a ser la misma pero instintivamente busqué la taquilla y allí estaba el speaker, como si no hubiesen pasado los años por su cuerpo, con la pulsera de madera de mi hermana en su muñeca totalmente desgastada y con algunas de sus partes quebradas. En realidad su brazo estaba lleno de pulseras, supongo que las iría coleccionando... Y me acordé de Anita, de aquella chica que no volví a saber nada más de ella después de ese verano. Me acordé de que quería quererme o algo parecido y yo jamás lo entendí y mirando la atracción, sentí como volví a girar y girar bajo las luces y la música con una chica guapa por la que jamás sentí nada extraordinario.

@HoldenCenteno

lunes, 12 de mayo de 2014

Adicto a este gin tonic

Se llama "Cuando el amor deriva en alcohol"
y no lo sirven en ningún lugar del mundo.
Sólo lo sé hacer yo.


Me gusta cargado y jodidamente dulce.

Dibujo @Blancobain_

miércoles, 5 de marzo de 2014

La casa de verano

Silencio. Quietud. Se acerca la primavera. Aún nadie habita la casa de verano y sus habitaciones descansan tranquilas, mientras los cuadros del piso de arriba deambulan sin miedo a ser vistos por los dueños de la casa. Lo mismo hace el resto de muebles; van de un lado a otro del pasillo. En la sala de estar juegan una partida de póker las cuatros sillas. Ríen, beben y fuman; la que tiene el cojín traído de Marruecos es la que manda y de vez en cuando moja uno de los flecos en su vaso de whisky y cada vez que lo hace, cambia el gesto y grita: “¿Se puede saber quién coño me ha servido este brebaje barato e insípido?”. La silla de metal, la más fea de todas, se encoge un poco y pierde su vista por el suelo; es ella la que ha puesto las copas con el whisky barato en vez de abrir el Chivas que lleva intacto desde que el padre de familia lo llevó para la fiesta que había organizado para sus colegas y que finalmente nunca se celebró porque le dejaron tirado.

Las camas preparan la cena mientras se cuentan las historias del verano pasado cuando la casa estaba llena de gente. La más vieja de las camas es la que siempre pela las patatas y lo hace con una velocidad y precisión tan brutal que a la vez es capaz de criticar, junto al resto de camas, a sus dueños; “Los muy idiotas son incapaces de cambiarme los muelles rotos.” Dice indignada. También la cuna anda por ahí alrededor de todas, de un lado a otro, picoteando lo que están preparando para cenar hasta que tira un par de huevos al suelo y la cama más grande le suelta una colleja con la que le provoca una buena llorera.

El autorretrato no supera la tristeza de haberse quedado solo y ya es el quinto invierno que pasa horas sentado en el patio y con la mirada perdida. A veces llora porque el bote del cloro de la piscina le grita desde allí que es el autorretrato más feo que ha visto en su vida. Se lo repite siempre que se sienta en el patio. El autorretrato se pregunta cuántos autorretratos habrá visto en su vida un bote de cloro para piscina y, aunque sabe que en su vida ha visto ninguno, acaba llorando.

Las tazas andan locas por el desván jugando al escondite. El pack de tazas que sus dueños trajeron de china están más que preocupadas porque el asa de un par de ellas se rompieron una tarde que jugaron a la comba con los cordones que le habían robado a unas viejas Converse que ya nadie usaba. La jarrita china que sirve la leche, y que es la más bonita del pack, les regaña a las dos que ahora están rotas y lo hace con su dulce acento pekinés que aún no ha olvidado: “Yo avisé: no lobal coldones de zapatillas. Lobal siemple malo, y ahola vosotas lotas. Jolilamente lotas.“ Las tazas suspiran ante la regañina de la jarrita pekinesa.

Escoba está de vacaciones y se pasa el tiempo peinando su cabello y quitándose las pelusas. Es muy coqueta. Le gusta pensar que el resto de objetos de la casa la miran cuando camina de un lado a otro y se contonea. De hecho, el recogedor alguna vez le ha dicho algún piropo pero ella se ruboriza cuando le escucha y le suelta alguna bordería. A ella le gusta él pero no está del todo convencida y el recogedor lo sigue intentando cada día.

En la habitación de arriba la guitarra se acaricia procurando animar a los armarios que lloran desconsolados por lo vacías que ahora están sus almas. Los dueños de la casa se llevaron todo y no dejaron nada. La guitarra toca las cuerdas y canta canciones tristes. Ese tipo de canciones que uno escucha cuando echas de menos de alguien. Los armarios a veces le piden que toque temas de Chuck Berry y cuando lo hace, empiezan a dar tales saltos de alegría que los de la habitación de abajo siempre les piden que paren y claro; vuelven a esas canciones tristes. A veces el pequeño armario abre la ventana y se apoya sobre el alfeizar y suspira tanto que estornuda por las motas de polvo que lleva dentro.

El viejo baúl lee un libro ya olvidado en el fondo de sus tripas que estaba escondido entre las mantas. “Los sufrimientos del joven Werther” está escrito en la portada. Se ha puesto las gafas que su dueña guardó un día porque ya habían perdido su graduación. Las gafas son unas viejas Ray-Ban de pasta de carey que le dan un toque atractivo al viejo baúl.

Las lámparas buscan bombillas de 60 vatios. Hay bastantes que están fundidas y la lámpara de araña de cristales de swarovski lleva unas semanas sin ver una puta mierda y se queja indignada: “¡A mis cincuenta años de vida y fundida! Siempre luciendo en las fiestas más caras de esta familia y ahora nadie se molesta en cambiarme ni una sola bombilla ¿Tanto cuesta? Es decir… Soy la lámpara más cara de esta maldita casa ¿Por qué me olvidan ahora? Esto antes no me pasaba ¡Antes se me respetaba!” El resto de lámparas la odian pero simplemente porque saben que ellas fueron compradas en unos grandes almacenes de un polígono industrial, mientras que a ella la trajeron de un famoso anticuario de la Plaza Roja de Moscú. Tienen envidia; Una noche, una de las lámparas la llamó puta, le robó uno de sus cristales y lo escondió en la alacena. El resto de lámparas la encubrieron de una forma tan luminosa que se fueron los plomos y esa noche las velas volvieron a encenderse con las cerillas que si hay algo que odian es que rasquen sus cabezas contra un fósforo para hacerlas prender.



Alfombra se pasa el día pegándose contra la pared para quitarse el polvo que tanto odia. Todos los muebles saben que es de imitación Persa y ella también lo sabe pero se engaña así misma imaginando que la trajeron de tierras desconocidas y lejanas. De hecho, está tan engañada, que cuenta historias sobre todos los viajes que hizo hasta llegar allí y todas la miran y la sonríen y le siguen la mentira para que no se ponga triste. Un día el cojín más gordo de todos, justo pasaba por allí, comiendo un donuts caducado que había encontrado en la despensa, y en plena historia de la alfombra le dijo; “Tú eres como la gran mayoría de nosotros, que no hemos salido de este país nunca, así que deja de decir tonterías. No eres más que una imitación persa.” Alfombra se puso furiosa y le contestó que al menos ella no era una “puta gorda” como él. Casi se pegan. Suerte que la televisión se puso en medio para evitarlo.

Según se sube por las escaleras, de frente, el gran espejo no se mueve. Está triste como sólo puede estarlo un espejo en el que no se mira nadie. Está jodido porque sabe que hasta que no llegue el verano no volverá a verla; a ella. Esa chica tan guapa que siempre le sonreía cuando terminaba de cepillar su pelo largo. Un pelo castaño infinito que llegaba más allá de su cintura y de sus caderas. El espejo era feliz cuando ella pasaba por ahí y se detenía un instante para mirarle a los ojos. De hecho era la única persona que le había mirado de esa forma tan sincera. Ahora lleva meses sin verla, necesita volver a encontrarse de nuevo con ella; frente a frente y saber que aún sigue sintiendo lo mismo que sintió el primer día cuando miró sus ojos grandes y alargados del mismo color de su pelo.

Y así es la casa de verano cuando nadie habita en ella. Y yo, Bolígrafo, a punto de morir, seca ya mi sangre azul, escribo lo que nadie ha visto jamás.

martes, 25 de febrero de 2014

miércoles, 15 de enero de 2014

Fuegos fatuos

El verano que aprobé Selectividad no me fui de juerga como suele hacer todo el mundo que se va a Mallorca o alguno otro destino  de ese tipo para beber más de la cuenta, dormir poco y  comer a la hora en que uno se despierta, cosa que no me parece mal, dicho sea de paso, pero decidí irme de voluntario a Eslovaquia, a uno de sus pueblos perdidos, del que ya he olvidado su nombre. Fuimos un grupo de unos diez amigos del colegio con una actividad que organizaba éste, con el fin de ir a ayudar en diversos aspectos a un pueblo que estaba realmente jodido. Antes de eso, la verdad que nos dimos un pequeño homenaje y visitamos durante unos días la ciudad de Viena, luego Budapest y finalmente cogimos un tren que nos llevó a Bratislava y de allí cogimos otro que en tres horas nos dejó en un pueblo desconocido. Después tuvimos que recorrer a pie diez kilómetros para llegar al pueblo donde íbamos a echar una mano. Era verano y aún así llovía con frecuencia, incluso cuando hicimos aquella caminata que nos dejó con los pies destrozados y llenos de barro.

Al llegar allí, nos esperaba Dusan. Un joven de alrededor de veinticinco años que llevaba tiempo trabajando en una ONG dedicada a solucionar problemas que afectaban a la vida cotidiana de los habitantes de pueblos eslovacos. Él atendía a los voluntarios españoles debido a su manejo casi perfecto con el idioma. Llegamos cuando anochecía y fuimos el último grupo de voluntarios en hacerlo. Ya había alrededor de cincuenta personas de todo el mundo que habían ido ahí a lo mismo que nosotros. La cena estaba preparada en el enorme vestíbulo del teatro abandonado donde íbamos a vivir durante dos semanas. La corriente de luz funcionaba a la perfección pero no había ningún tipo de calefacción y a pesar de ser verano hacía frío. Ni si quiera tenían radiadores y las paredes estaban que se caían. Según nos contó Dusan, el teatro había sido construido por un rico pensando que en aquel pueblo podría tener éxito, ya que tenía una población de más de diez mil habitantes, pero lo cierto es que nunca se llegó a estrenar ninguna obra y el hombre lo abandonó por completo. El vestíbulo servía como cocina/comedor y el menú era siempre el mismo; purés y sopas de sabor asqueroso y de segundo un buen plato de arroz. Los domingos había pollo como si fuera un lujo y nos ponían Kofola que era el equivalente a la “Coca-Cola” de allí y que por supuesto, estaba asquerosa.

Dormimos en las tripas del teatro. Allí nos juntábamos todos los voluntarios y los más suertudos dormían en el escenario, done el suelo era de madera y aislaba un poco (sólo un poco) el frío. A nosotros nos tocó dormir con nuestros putos sacos en el suelo de mármol de la platea del teatro que ni si quiera las esterillas eran capaces de paliar su gélido roce.

Al día siguiente nos despertamos a las ocho, desayunamos y se hizo el reparto del trabajo. Nuestro guía, era Dusan, ya que nosotros éramos los únicos españoles. El trabajo que nos tocó era construir un camino de asfalto que saldría de la carretera principal, ya asfaltada, hasta el cementerio del pueblo. Aquel trabajo asignado nos gustó, nos pareció una buena forma de ayudar a la gente de allí, ya que Dusan nos había explicado que eran profundamente espirituales y hasta el más ateo quería descansar en paz dentro de un nicho; de hecho, nos explicó que “Dusan”, su nombre, significaba alma o espíritu. También nos contó que un día de lluvia, la comitiva funeraria, que iba caminando por la carretera principal asfaltada, cuando tuvieron que desviarse por el pequeño camino del campo hacia el cementerio, todo ya estaba encharcado y lleno de barro y a pesar de ello continuaron hacia el cementerio porque no había otro camino alternativo para llegar hasta él. A los pocos metros se les cayó el ataúd a los que lo portaban en los hombros y al ser de mala madera, hecho por un familiar la noche anterior con cuatro simples bloques de madera con forma rectangular, se desquebrajó, y el cuerpo del muerto impactó contra el barro. Todos los que seguían a la comitiva, que por lo visto eran unas quince personas, dejaron allí mismo el ataúd roto y levantaron al muerto con sus manos hasta dejarlo en el hueco de la tumba. Aquella historia nos conmovió.

Fuimos al camino, que estaba rodeado de hierba y flores, pero por donde pasaba la gente cuando iba al cementerio sólo había tierra, baches y pedruscos, debido a todas las pisadas que se producían cada año desde hacía ya unos siglos. Allí conocimos a nuestros “jefes” de obra. Un cura católico que nos presentaron como “Edo”, que medía casi dos metros y era como un verdadero armario empotrado; totalmente musculado con ojos claros y el pelo liso eléctrico de color rubio. Tendría unos cuarenta años y además de dar misa por las mañanas a las cuatro viejas de turno, se dedicaba a arreglar todo lo que podía en el pueblo; por eso tenía aquel aspecto de forzudo. No llevaba sotana ni nada de eso. Sólo una camisa negra con el cuello blanco típico de cura pero abierto,  unas bermudas negras y zapatillas grises estilo New Ballance, pero de marca nisuputamadre. Nuestro otro jefe se llamaba Dalibor y era un carpintero del pueblo. Un hombre profundamente ateo. Tendría unos cincuenta años y también su pelo era rubio pero muy rizado. Era bajito y fuerte. El polo opuesto al padre Edo pero a pesar de sus diferencias ideológicas y religiosas tenían una amistad irrompible; tanto que  eran mejores amigos, y eso que se habían conocido sólo un par de años atrás cuando Dalibor decidió empezar a colaborar con la ONG de Dusan. En ese pueblo sólo había la parroquia de Edo para los católicos, un templo de calvinistas, otro para evangélicos y la de los ortodoxos. Era increíble ver como en un puto pueblo perdido en el mundo convivían cuatro religiones y todos ellos acababan enterrados en el mismo cementerio, aunque en zonas estrictamente separadas. Incluso los ateos tenían una zona particular.

El trabajo era bien sencillo pero muy duro. El padre Edo y Dalibor habían hecho ellos mismo el 10% de la carretera asfaltada por el camino para que nos sirviera de ejemplo. Ambos nos explicaron el proceso. Dusan nos traducía simultáneamente. El padre Edo y Dalibor de cuando en cuando paraban de explicar y se ponían a discutir entre ellos y cuando lo hacían Dusan no nos traducía. Empezamos con el trabajo. Primero teníamos que cavar huecos con una profundidad de medidas exactas para que encajaran las piedras rectangulares de dos metros y medio de largas y de 20 centímetros de ancho que el Padre Edo y Dalibor habían traído de la estación de trenes abandonada y ahora estaban allí agrupadas en montañas. Pesaban mucho, las teníamos que cargar entre varios y para “divertirnos” jugábamos a ver quiénes eran capaces de levantar una entre los menos posibles ya que Edo y Dalibor eran capaces de trasladarlas juntos. Nuestro récord fue trasladar una entre tres personas. Lo normal era cargarlas de dos en dos entre siete personas (y sufriendo) con unos mosquetones que iban agarrados a unos palos de aluminio que era el instrumento que utilizábamos para levantar las piedras. Se ponían una al lado de otra hasta conseguir un ancho en el que cabía un coche. Después asfaltaríamos de forma muy rudimentaria aquel camino para despedir a los muertos que medía aproximadamente unos cien metros.


Había veces que Dalibor o el padre Edo nos corregían nuestro trabajo cuando lo hacíamos mal y nos indicaban con gestos sin necesitar la traducción de Dusan. El último día de trabajo sólo estaba el padre Edo. Estábamos terminando de asfaltar la carretera. Al final de la tarde llegó Dalibor y le dijo algo llorando a Edo. Dusan puso cara de que había sucedido alguna desgracia pero no nos dijo nada. Después Dalibor llorando empezó a decir unas palabras que se me quedaron grabadas. Eran unas palabras entre lágrimas, lleno de rabia; “Seriem na boha” decía. “Seriem na boha” repetía una y otra vez. Y todos los que estábamos allí nos dimos cuenta y le preguntamos a Dusan qué significaba aquello. Dusan, que era evangélico, movió la cabeza de un lado a otro en señal de lamento y al final nos dijo; “Se ha muerto el hermano de Dalibor y, traducido literalmente, está diciendo  “a la mierda Dios”, que en español se diría…” Dudó un momento y miró hacia arriba como haciendo un esfuerzo terrible para encontrar la expresión adecuada. Hasta que un amigo dijo en alto; “Dalibor se está cagando en Dios”.  Dusan asintió con la cabeza y nosotros al descubrir el significado espontáneamente miramos cuál era la reacción del padre Edo, que muy serio le pasaba el brazo por la espalda y lo apretaba contra su pecho mientras Dusan lloraba sobre su camisa negra.

El hermano de Dalibor vivía y cuidaba de él desde siempre debido a que tenía una grave enfermedad degenerativa que terminó acabando con su vida en aquel preciso momento. Ambos solteros, sin hermanos y con sus padres ya muertos, no tenían a nadie. Su hermano (no recuerdo el nombre) también era ateo pero Dalibor le pidió al padre Edo que oficiara la ceremonia, eso sí, enterrándole en la tumba de sus padres, que estaba situada en la zona de la gente que no profesaba ninguna religión. Además nos pidió entre lágrimas, mientras traducía Dusan, que quería que todos los que habíamos ayudado en la construcción de la carretera, ahora le ayudáramos a llevar el ataúd. Por supuesto que aceptamos. 

Estaba previsto llevar el ataúd al final del día siguiente antes de que anocheciera con la esperanza de que el asfalto se secara y se logró porque no llovió en toda la noche, ni durante el día siguiente.  Sobre las seis de la tarde sacamos el ataúd de la casa de Dalibor donde se improvisó una capilla ardiente para que fueran a visitarlo. Sólo se pasaron por allí todos los voluntarios que iban llegando como un cuenta gotas para cubrir todas las horas hasta el atardecer para no dejar solo a Dalibor en compañía del cadáver frío de su hermano que ya empezaba a oler. Atravesamos todo el pueblo, cogimos la carretera y después de media hora de recorrido llegamos al camino que habíamos hecho, donde nos esperaban todos los voluntarios alrededor de él y algún que otro viejo curioso que se había enterado de la noticia. Cada uno cargaba de una forma el ataúd, unos en el hombro y los que ya no podían agarrarlo por ningún lado, lo iban sujetando por los lados con las manos para evitar que se cayera. Dalibor era el primero de todos y lo llevaba sobre su hombro derecho.

Cruzamos nuestro camino pisándolo con fuerza. Sintiendo cada pisada. Sabiendo lo afortunados que éramos porque el azar había tenido el capricho de que nosotros fuéramos los primeros en atravesarlo para enterrar a un habitante de aquel pueblo.

Al entrar al cementerio fuimos a la tumba de sus padres que ya estaba abierta. Cinco de nosotros bajamos con cuerdas el ataúd después de que Dalibor lo besara. El padre Edo, esta vez revestido con sotana, comenzó a rezar en alto oraciones en latín y no pasó más de un minuto para que empezara a diluviar. El resto de voluntarios se fueron corriendo para resguardarse de la lluvia y solamente nos quedamos allí el padre Edo (que seguía con sus oraciones), Dalibor, Dusan y nosotros. Cuando Edo terminó con lo suyo, hizo un gesto con la mano señalando a las palas y tres de mis amigos comenzaron a echar tierra sobre el ataúd mientras el padre Edo se santiguaba y decía “Requiscat in pace”.  


Y allí nos quedamos, calándonos hasta los huesos, en silencio, mientras escuchábamos como la lluvia chocaba contra la tierra y las tumbas, presenciando por primera y única vez en mi vida los fuegos fatuos. En medio de aquello, Dalibor rompió a llorar y mientras le tratábamos de consolar con nuestros abrazos, de pronto el padre Edo empezó a entonar el Sanctus con una solemnidad perfecta. Con una voz tan delicada y fuerte que jamás habríamos podido creer que se trataba de la suya si no lo hubiéramos visto con nuestros propios ojos. Aquel canto gregoriano nos hizo convertirnos en lluvia, en muerte y en vida.

Al salir del cementerio, nuestro camino ya se había ido a tomar por culo. La lluvia lo estaba destrozando por completo y sin decirnos nada, volvimos a cruzarlo, pisándolo con más fuerza que antes mientras notábamos que los pies se nos hundían sobre aquel asfalto que se iba diluyendo. Y volvimos a sentirnos afortunados porque el azar decidiera de nuevo tener el capricho de destruir nuestra obra justo después de haberla estrenado.

A la mañana siguiente volvíamos a Viena para coger un avión y volver a casa. Recuerdo que cuando nos fuimos al autobús que nos llevaba a la ciudad, miramos a través de la ventana y allí estaba Dalibor y el padre Edo que nos habían acompañado para despedirse de nosotros. Cuando el bus arrancó y se puso en marcha, recuerdo que Edo alzó su mano para bendecirnos e hizo hacia nosotros la señal de la cruz; su mano fue de arriba abajo y de izquierda a derecha. A su lado estaba Dalibor, el profundo ateo y mejor amigo del cura. Él no nos hizo ningún tipo de bendición o sí, a su manera, mientras el padre Edo hacía eso, Dalibor alzó su mano derecha con los dedos en forma de “V” y después al bajarla, alzó el puño izquierdo hacia el cielo.

@HoldenCenteno

jueves, 26 de diciembre de 2013

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miércoles, 6 de noviembre de 2013

El Tuerto

Cuando era pequeño, el mes de julio lo pasaba en un pueblo de Castilla La Mancha donde vivieron mis abuelos paternos gran parte de su vida. Era llegar allí con mis hermanos mayores y nos volvíamos salvajes. Para nosotros, unos chicos de ciudad, vivir en un pueblo durante un mes, en medio del campo, rodeados únicamente por viñas y más viñas para hacer todo tipo de vinos, era una verdadera aventura. En verano alcanzaba los diez mil habitantes y no recuerdo cómo pero me hice amigo de un grupo de chavales que habían nacido allí y vivían durante todo el año en aquella población. Para mí era increíble pensar que ellos podían vivir ahí y para ellos era brutal imaginar que yo pudiera viviera en la ciudad.

Me pasaba prácticamente todo el día en bañador, camiseta y zapatillas. Los chavales utilizaban bicicletas para moverse por el pueblo y mi medio de transporte era una vieja bicicleta roja de marca BH. Por las mañanas solía despertarme pronto, me subía en la bici y me iba a comprar churros y porras al mercado para llevarlos a casa y desayunar con mi familia. Luego iba al bar que estaba junto a la plaza y compraba el periódico para mi padre. La gente se me quedaba mirando con hostilidad cuando iba por las calles, para ellos era un forastero desconocido. Cuando entraba en el alguna tienda de comestibles, mientras esperaba mi turno, una media de tres viejas en menos de cinco minutos me preguntaban: “¿Y tú de quién eres?”. Ante esa pregunta (que tanto odiaba) tenía dos opciones: 1)Decir el nombre de mi padre y que no me reconocieran y así sólo conseguiría que siguieran haciéndome dos millones de preguntas, ó 2)Decir el mote familiar, que en los pueblos es costumbre reconocer a las estirpes con apodos odiosos referidos a defectos físicos de antepasados o a los oficios familiares ya desfasados en la mayoría de los casos. Mi padre nos había enseñado a huir de ambas opciones respondiendo con un “Soy de mi padre y de mi madre” y a tomar por culo.


Para los amigos que tenía en el pueblo, yo era la novedad. El Internet aún no había llegado a esos lugares, ni si quiera era normal tener internet en las grandes ciudades. Para ellos el mundo era un lugar desconocido. Me venían a recoger a casa. Llamaban al timbre y allí me los encontraba con sus bicicletas esperando a que saliera. Solíamos atravesar  el pueblo dando vueltas sin ningún rumbo mientras me pedían que les hablara de cómo era la ciudad y sobre qué hacíamos allí la gente, “en un sitio tan grande”. Eran preguntas para ellos muy claras y para mí terriblemente extrañas, que incluso me costaba responder. Éramos un grupo de ocho chicos de alrededor de doce años en un pueblo sin nada divertido y básicamente nos dedicábamos a hacer el burro. Antes de que anocheciera cruzábamos el pueblo hasta llegar a las viñas, donde allí atravesábamos un río por el viejo puente romano, ya casi en ruinas, hasta llegar a un caserío deshabitado desde el siglo pasado. “Jugábamos” a romper sus cristales con nuestros tirachinas y tirábamos petardos. Uno de los chavales tenía enterrada su escopeta de cartuchos que hacía un año había comprado sin consentimiento de sus padres y había decidido esconderla cerca de la parte de atrás de aquella gigantesca casa. No se la dejaba a nadie. La desenterraba de un agujero y se dedicaba a disparar a las tres chimeneas que aún se elevaban sobre el tejado. Cerca de allí, al resguardo de un pequeño monte, estaba la cueva del Tuerto. Sólo sabíamos de él lo que nos habían contado los viejos del pueblo. El Tuerto era un hombre sin familia que había estudiado filosofía en Barcelona y gozaba del respeto de los principales círculos filosóficos de la ciudad, dando clases en la universidad y conferencias en sitios importantes. Acabó aquí porque un buen día, una de las pocas maestras del pueblo, por aquel entonces, Isabel (noséqué), joven inteligente de familia adinerada, que junto a su hermana, se fue a visitar Barcelona donde casualmente conoció al tuerto, que en aquel momento era aún conocido por su nombre de nacimiento; Alejo Barrat. Se enamoraron rápidamente y meses después, Alejo decidió renunciar a todo para irse a vivir al pueblo, donde gestionaría una de las bodegas de la familia de Isabel. Se casaron en la vieja ermita de la Virgen de los Nubarrones, así es como la llamaban todo los oriundos de forma coloquial; en realidad se llamaba Nuestra Señora de las Alturas.  Alejo Odiaba aquel trabajo con todas sus fuerzas. Le gustaba el vino, pero no le gustaba hacer todas las putas cuentas para controlar los precios, las ventas y un largo etc. tedioso para gestionar de forma eficiente la bodega de la familia de ella. Aún así, se esforzaba cada día y siempre puso todo su empeño en aquel trabajo porque amaba a Isabel. Sólo por eso. Él lo que de verdad quería era seguir filosofando, dando conferencias en salas repletas de gente y no estar en la oscuridad de una bodega, entre gigantes tinajas y suelos mojados. 

Un año después de la boda, Isabel  se murió. Una mañana, cuando Alejo se despertó y se incorporó para besar la cara de Isabel, notó su carne congelada y vio como su piel morena estaba completamente pálida. En tan sólo un minuto descubrió que se había muerto. Jamás se supo la razón del fallecimiento. Después del entierro, esa misma noche, Alejo se fue a la bodega y se emborrachó como nunca en su vida. La bodega tenía un sótano donde guardaban de todo, y entre tantas cosas, tenían una habitación reservada para el material de caza que usaba la familia cuando se reunían para ir de montería. Bajó al sótano, abrió sus portones a duras penas y fue dando tumbos hasta llegar a la habitación, donde cogió una escopeta y apuntándose a la cara, disparó. Iba tan borracho que no se dio cuenta que había cogido una escopeta de pequeños perdigones que se utilizaba para cazar pequeños  pajarillos. El perdigón atravesó su ojo izquierdo. Se desangró pero tuvo la fortuna de que un vecino escuchó sus gritos y pudieron llevarlo al hospital del pueblo de al lado, que era mucho más grande y que sus urgencias ya estaban sorprendentemente desarrolladas para aquella época. Se salvó pero se quedó tuerto y por la trayectoria del perdigón y la distancia, no perdió la vida. Una vez recuperado, sin decir nada a la familia de Isabel, se fue con su coche y algunas cosas esenciales que cargó en el maletero y acabó en aquella cueva. Durante los tres primeros años  trataron de hacerlo volver pero jamás lo consiguieron.

Nunca nos atrevíamos a acercarnos a la cueva. Desde el caserío siempre solíamos ver cómo salía humo de la cueva y ver aquello nos gustaba porque éramos conscientes de que el tuerto no era un simple cuento para acojonar a los niños del pueblo. Nos gustaba sentir como se alimentaba el misterio de una historia que nunca se podría saber a ciencia cierta qué parte era verdad y qué parte era mentira. El hecho de ver el humo deshaciéndose hacia el cielo, nos hacía sentir parte de aquella historia del pueblo.

Una tarde cuando llegamos al caserío y nos pusimos  a hacer las burradas de siempre, Ángel Luis empezó a cagarse en todo al descubrir que su escopeta no estaba en el escondite. Se encaró con todos nosotros mientras nos gritaba enfurecido que se la habíamos robado. De pronto, en pleno griterío, el sonido de un disparo sonó en todo el campo y una bandada de pájaros cruzó el cielo. El sonido venía de la cueva del Tuerto. Sin dudarlo, pero con mucho miedo, fuimos corriendo hacia allí, con mucha cautela, mirando siempre hacia atrás, por si alguien nos sorprendía, veíamos asustados como nos alejábamos de la vieja casa, nuestra imaginaria frontera de seguridad que nos separaba del temido Tuerto.

La cueva estaba en un terreno muy irregular y nos escondimos detrás de otro montículo desde donde veíamos la entrada. No había movimiento alguno, así que después de discutirlo durante diez minutos, decidimos adentrarnos. Lo primero que vimos fue el coche del tuerto del que nos habían hablado; un viejo Mercedes que ya estaba destartalado con la pintura totalmente levantada. Entramos en la cueva, estaba adecentada como una pequeña casa. Había tres huecos, uno de ellos lo que podía ser su “habitación”, donde tenía muchas mantas con un colchón repleto de agujeros y muelles. En otro, el “salón”, donde había hecho sillas, una mesa, y varias estanterías con ramas y troncos de árboles, repletas de libros. El último hueco era una improvisada cocina, donde había hecho una pequeña estufa con un tubo que salía a la superficie como si de un moderno extractor de humos se tratara. Allí nos encontramos al Tuerto. Tendido en el suelo, con la escopeta de Ángel Luis en la mano, con un cartucho ya en su cabeza y todo manchado de sangre. Era el primer muerto que mis ojos veían y que mi cabeza aún sigue recordando. Sin decir nada, salimos de allí con una profunda sensación de tristeza, pero antes de salir de la cueva, al pasar por la habitación  de los libros, vi una figura de madera colgada en la pared, parecía un extraño ídolo con ojos y boca misteriosa que supuse que había sido tallado por el propio Tuerto.  Un impulso extraño salió de mí, arranqué la figura de la pared y me lo guardé en el bolsillo del bañador. Nos fuimos corriendo de allí a por las bicicletas, que habíamos dejado tiradas en el caserío, y dando pedales con las piernas temblando, llegamos al pueblo y se lo contamos al policía que vivía al lado de mi casa. 


Aún conservo aquella figura que ahora cubre la pared de mi escritorio y sigo sin saber qué significa, sigo preguntándome si era un ídolo, un dios o un compañero. Cuando miro la figura, recuerdo aquel verano, y a veces me quedo atontando mirando sus penetrantes y profundos ojos, pensando que quizá trató de esculpir la mirada de Isabel en aquel tosco retrato de madera.

De lo que sucedió después de contarle la noticia al policía, nos ocultaron todo, salvo la brutal paliza que se llevó Ángel Luis por parte de su padre cuando se descubrió que la escopeta era suya. Lo otro que supimos fue que el tuerto acabó siendo enterrado en la misma tumba que Isabel y durante varios años, todos los veranos, arrancábamos las flores que encontrábamos en el campo de camino al cementerio, y se las dejábamos junto al epitafio de la tumba que decía: “Mis ojos llevaban tiempo esperando a estar con el tuyo”.



@HoldenCenteno

domingo, 27 de octubre de 2013

miércoles, 23 de octubre de 2013

De cuando conocí a Antonio Vega

Mi hermano por aquel entonces había llegado a ser el jefe de tienda de un Telepizza. Yo era pequeño y para mí, tener un hermano currando en el Telepizza era como el paraíso; en cambio para él, era un puto infierno. Digo que era un paraíso porque al día siguiente, cualquier día de la semana, al despertarme, entraba en la cocina y ahí me estaban esperando unas flamantes cajas rojas de pizzas que les habían sobrado de la noche anterior. Yo las metía en el horno y me las desayunaba. Eso es un sinónimo del paraíso, para mí, que soy gilipollas y encuentro el paraíso en las cosas más estúpidas y terrenales del mundo.

Él, antes de aquello, trabajaba como “push” en montajes de conciertos con la mejor empresa del país que suele montar todos los directos de las mejores bandas nacionales e internacionales. Para los que no sepan lo que es un push, son aquellos que se dedican a cargar y descargar absolutamente todo lo que haya que cargar y descargar para levantar un escenario. Sabía mucho de música pero no había estudiado lo suficiente para ser técnico de sonido. Había nacido en los ochenta y fue una de las “victimas” que quisieron alargar la Movida Madrileña en la década de los noventa y todo lo que fuera posible. Su máximo héroe era Antonio Vega. Como fan, logró llegar a ser uno de esos pocos fans que el artista ya conoce y le permite casi todo. Con esto me refiero a que entraba en sus camerinos como el que pasa a mear al cuarto de baño de un bar. Siempre llevaba su cámara y le captó en varias ocasiones de forma directa con su permiso. Me regaló dos de sus fotografías que son totalmente inéditas y las conservo como si fueran oro. En una de ellas sale en la puerta del Café Libertad 8. Lo mejor de aquella fotografía es que aparece Marga, con un cigarro en la boca, justo saliendo por la puerta, lanzando hacia él una mirada indetenible. Marga, muchos años más tarde, cuando ya había fallecido, fue la protagonista de uno de los últimos discos de Antonio Vega que se tituló “3000 Noches con Marga”. Se me ponen los pelos de punta cada vez que miro esa fotografía de dos personas que ahora están muertas y en ese instante estaban llenas de vida, repletas de amor, llegando a pasar tres mil noches juntos. En la otra fotografía, sale en el camerino de Galileo Galilei. Con cervezas, whiskys y sólo un poco de agua sobre la mesa. Mi hermano se llegó a convertir en su fotógrafo no oficial sin darse cuenta.


Pero volvamos al “paraíso” de tener un hermano que curraba en un Telepi. Uno de mis amigos, al salir del colegio, siempre me decía que fuéramos a verle para que nos diera de merendar. Yo me negaba pero normalmente terminaba cediendo y allí nos presentábamos. Mi colega le daba la chapa para que nos invitara y por supuesto, mi hermano lo hacía, pero la mayoría de veces se negaba y nos mandaba a tomar por culo, educadamente, eso sí. También recuerdo que una vez se le olvidaron las llaves de una parte de la tienda en casa. Sonó mi móvil y me dijo “Coge las llaves que hay encima de mi mesa y me las traes ahora mismo. A cambio te daré una pizza familiar con los seis ingredientes que quieras.” Le dije los ingredientes y salí inmediatamente hacia allí. Al llegar hicimos el trueque más rentable de mi vida; unas llaves por una pizza familiar de seis ingredientes. Sí, y me la comí yo solo. Reconozco que tuve que hacer grandes esfuerzos para tomarme las tres últimas porciones.

Una noche sonó en su tienda el teléfono. Cada día recibían infinidad de llamadas para atender los pedidos a domicilio. Mi hermano descolgó el teléfono con la frase hecha de “Telepizza ¿Qué desea?” y al otro lado sonó la voz de Antonio Vega. Como es obvio, él la reconoció al segundo y según le estaba pidiendo las pizzas que quería, le cortó de golpe y le dijo: “¡Antonio! ¿Qué tal todo? ¿Cómo van los ensayos para el concierto de la semana que viene?”. (Nacha Pop se volvía a unir para dar el que fue su último concierto en el Palacio de los Deportes). Imagínense, se quedó bloqueado y después de un silencio interminable de tres segundos, le respondió “Sí, bueno, estamos ensayando por aquí cerca sin parar y ya lo tenemos totalmente perfilado…” Antes de que acabara la frase, en un ataque de profesionalidad, mi hermano le volvió a cortar sin previo aviso y de nuevo retomó el trato habitual con cualquier cliente diciendo “Si, bueno, muy bien ¿Qué pizzas desea?” Al colgar el teléfono, lo primero que hizo fue llamarme y contarme lo sucedido con la misma emoción que un niño pequeño cuando recibe un regalo. Como encargado de tienda no llevaba las pizzas a ningún domicilio porque tenía que estar siempre al frente de la tienda como máximo responsable, pero aquel día hizo una enorme excepción avisando previamente a su subordinada más próxima y aprovechando que no había mucha clientela. Cargó las pizzas en una de las motos, arrancó e hizo un pequeño desvío a mi casa para recogerme y hacer juntos la entrega del pedido. Con dos cojones. Al llegar a por mí, me dio el uniforme de empleado. No me había avisado de que llevaría disfraz y me lo tuve que poner encima de la ropa que llevaba puesta. Parecía una jodida cebolla andante, pero poco me importaba sabiendo que iba a conocer a Antonio Vega.

Llegamos al número de la Calle Ibiza. Nos abrió la puerta el que intuimos que era el manager y notamos su cara de sorpresa al vernos a los dos, diciendo “¿Se necesitan dos motoristas para entregar cuatro jodidas pizzas?” Nos sonrió sabiendo nuestras intenciones y añadió un simpático y seco; “Pasad, anda.” El piso lo habían convertido en un zulo para ensayar canciones. Todo el suelo lo habían llenado de alfombras de todo tipo para que absorbiera los sonidos. Seguimos un pasillo oscuro interminable hasta llegar al fondo, donde había luz, donde estaba el salón, donde estaba Antonio Vega y Nacho García Vega o más conocidos como los Nacha Pop. Guitarras, bajos, batería e instrumentos de viento perfectamente colocados alrededor de todo el salón. Botellas de cerveza vacías, whisky en abundancia, y todo bajo una atmosfera letal de humo que se convertía en un improvisado attrezzo del salón. Dejamos las pizzas donde pudimos y nada más hacerlo no pude evitar decir: “Eres el puto amo”. Antonio Vega me respondió; “Ya será para menos.” Con aquel gesto de humildad, los nervios se nos fueron y estuvimos unos cinco minutos hablando con ellos de música, política y literatura. Después nos preguntaron qué canción queríamos escuchar. Los nervios nos rompieron las tripas, ambos nos miramos, mi hermano se calló y fui yo el que dijo vergonzosamente “Lucha de gigantes”. Me resulta imposible explicar y escribir sobre aquel momento mientras veíamos como tocaban el tema para nosotros. Luego nos firmaron el recibo de la compra de las pizzas y aunque Antonio no se acordaba de mi hermano, cosa que le decepcionó un poco, nos fuimos de allí en una especie de nube.



La casualidad, el azar, un plan divino, el karma, la puta suerte; cada uno lo llama de una forma, pero no cabe duda de que alguno de esos elementos, fue el encargado de convocar aquel encuentro. Y así con todo; por mucho que seamos nosotros los que montamos el destino con nuestras jodidas decisiones, cualquier suceso inesperado que se escape de nuestro control puede cambiar todo lo que teníamos planeado para bien o para mal y cuando eso sucede, este mundo se nos queda grande.

Dos años después, mi hermano ya no trabajaba en el Telepizza y Antonio Vega murió. Nos pusimos un traje negro y fuimos a la capilla ardiente que había sido habilitada en la SGAE. Se murió un 12 de mayo, el día del cumpleaños de mi hermano. No lo celebramos. Aquel día no fuimos capaces de celebrar nada, ni la vida ni la muerte.


@HoldenCenteno

domingo, 13 de octubre de 2013

Siempre Coca-Cola

Dedico esta lata de Coca-Cola que me he comprado
a aquel que llora de emoción por ver su nombre en una de ellas
y al que llora por no encontrarlo.


Dibujo @Blancobain_

miércoles, 9 de octubre de 2013

El profesor que pudo ser una guitarra

Un año en la universidad, en una asignatura, me tocó con el profesor más hijo de puta que había en toda la facultad. Lo juro. Cada vez que otros compañeros me preguntaban cuál era mi profesor, me decían; “Olvídate de aprobar con esa cabronazo. Es lo más parecido a Satanás, aquí, en la tierra.” Claro, cuando a uno le dicen eso, sólo se puede acojonar.  Mi hermano mayor me dijo; “Ah sí, me cambié de profesor porque la gente me dijo que huyera de él. Es un tío así con mucho pelo y bigote”. Mi hermano en eso último se equivocaba, llevaba tantos años en la jodida facultad, que ya era calvo y no tenía tal bigote. No había quien le echara, a pesar de ser odiado por el 99% del alumnado y por el 100% del cuerpo directivo de la facultad. Las malas lenguas decían que se había convertido en un borracho desde que su mujer le abandonó. Pero nada de eso se podía confirmar con certeza. Sólo eran rumores.

Cuando tuvimos la primera clase, pude comprobar que sí, que era un hueso. Aparecía siempre con una de esas americanas elegantes con coderas de estilo british, pantalones de vestir de un color distinto a la chaqueta, zapatos burdeos, su calva y sus gafotas. Siempre estaba serio, parecía que le daba asco dar clase. Si un alumno respondía una gilipollez, el profesor lo hundía allí mismo. Él daba por hecho que teníamos que saber ciertas cosas que en realidad no teníamos porqué saber. Eso provocaba que las clases siempre acabaran con un discurso del profesor que se puede simplificar en una de sus famosas frases; “Ustedes no tiene ni idea de nada.”

Sus clases me engancharon. Aquel profesor era un viejo rockero amante de la música. Todos los ejemplos que ponía se basaban en bandas de Rock y en el Folk más puro. Eso es lo que endulzó, desde mi punto de vista, al Satanás que llevaba dentro, aunque para el resto de mis colegas seguía siendo un cabrón. Recuerdo cuando una vez preguntó: “¿Ustedes saben quién es Bob Dylan?” La clase, no respondió. Los que no sabían quién era, no podían decir nada y los que lo sabíamos, nos callamos como putas por miedo a su reacción. Él insistía y preguntó “¿Alguien sabe dónde nació?”, yo desde mi sitio me estaba revolviendo por dentro así que finalmente levanté la mano, me señaló y respondí “Duluth, Minnesota.” Esa respuesta marcó un antes y un después. Me miró satisfecho y prosiguió con su ejemplo. Era un hombre que cada vez que hablaba de Jimi Hendrix se le iluminaba la cara y podía hacerme sentir como estaba quemando allí mismo con sus ojos una guitarra imaginaria sobre la mesa de la clase, como hacía el joven Jimi sobre los escenarios. Era un espectáculo asombroso. Las pocas veces que se le iluminaba la geta en clase, era cuando hablaba de música y no de su asignatura. Sus ejemplos también se basaron en los Rolling Stones, Led Zeppelin, Deep Purple, los Beatles, Woody Guthrie, y otros muchos. Él era capaz de utilizar la música como ejemplo en una asignatura que versaba principalmente sobre el dolor humano físico y mental.


Al llegar febrero, suspendí su examen con un tres.  El 90% de la clase también se fue al hoyo. Sólo aprobaron aquellos empollones que ni si quieran sabían quién coño era Bob Dylan.  Una verdadera desgracia. 

La revisión del examen fue unas semanas más tarde, a las 18:00, en su despacho. Era un frío jueves de febrero. Llegué media hora antes para evitar colas y ser el primero en revisarlo, pero al llegar allí no había nadie de ese catastrófico 90% de suspensos. Ese mes, la revista Rolling Stone tenía de portada a Jimi Hendrix y yo ya me la había comprado el mismo día que salió a la venta en el Kiosco de mi barrio, el de Anselmo, mi kiosquero de confianza. Se me ocurrió presentarme con la portada bajo el brazo para que el profesor viera que yo también era un fiel seguidor de Hendrix. Podéis llamarme gilipollas, pero sólo veía posible aprobar ese examen con mi baza musical.

Esperé a las seis y di con mis nudillos tres golpes en la puerta de madera de su despacho. Al otro lado escuché su voz, no sé qué dijo, pero por su tono deducí que podía entrar y eso hice. 

Mientras me ofrecía educadamente que me sentara, pude darme cuenta como sus ojos se clavaron en la revista. Y nada, empezamos a revisar el examen. Él ya sabía quién era y me llamaba por mis apellidos, jamás por mi nombre. Tardamos diez minutos para que finalmente me dijera que era imposible aprobarme porque mi examen daba asco y ya cuando estaba levantándome para irme de aquel despacho, que bien podría ser una de las salas del infierno que describe Dante en su Divina Comedia, cambió el tono, y tuteándome me dijo “¿Y un joven como tú qué hace con Hendrix bajo el brazo si no sabrás ni quién es?”. Fue entonces cuando en mi cabeza pensé (con voz en off al estilo de una película americana) “Se ha abierto la caja de Pandora”. Me senté y respondí “No quiero sentirme ofendido por lo que acaba de decir pero…” y comenzó mi demostración de conocimientos musicales. Aún conservo en mis recuerdos aquel número, de aquella revista, de aquel mes, de aquel año, de aquella portada.


Sin darnos cuenta, pasó hora y media en la que estuvimos hablando de música y vida. En un momento dado, cortó la conversación, miró el reloj y me dijo “Conozco un bar de Rock. Sé que puede sonar raro que un vejestorio de cincuenta y cinco años, como yo, que es tu profesor,  te invite a tomar un brebaje mágico”. Aquellas dos últimas palabras me acojonaron más que lo del vejestorio queriéndome llevar a un bar de Rock  y entonces le pregunté qué cojones era eso de “un brebaje mágico”. Se rascó los pelos laterales de la cabeza y luego se frotó la calva creando un ambiente de solemnidad mientras decía “Sí, sí, un whisky escocés más joven que yo y más viejo que tú”. Por supuesto que acepté. Escribí un mensaje a mi novia, que por aquel entonces tenía, diciendo que la revisión se iba a alargar bastante más de lo previsto y que después le contaría con detalles el surrealismo más grande del que estaba siendo víctima.

Llegamos al bar en su Peugeot destartalado. Pidió dos whiskys y proseguimos con la conversación. Se puso hablar de Bon Iver, su último descubrimiento musical, porque también conocía perfectamente la música de hoy, aunque únicamente la internacional. Me dijo que Bon Iver le recordaba a él de joven y que su música era capaz de traspasarle el alma. Me contó que había estudiado en una universidad de EEUU (no recuerdo cuál) durante dos años. Algo parecido a los Erasmus de ahora. Me dijo que se hizo amigo de un americano comunista con el que recorrió gran parte de los Estados. Acompañados solamente de sus mochilas y un banjo. Aquello me pareció tan brutal y bello que me hizo sentir envidia. “Él tocaba el banjo mientras yo le acompañaba cantando “a pelo” en cada bar al que parábamos a comer, en cada esquina de cada pueblo desconocido y así conseguir pasta para poder seguir viajando en tren” Sus ojos se llenaban de alegría y de vida mientras me lo contaba. Se ponía a cantarme estrofas con acento americano perfecto y a la vez era capaz de imitar con la boca los sonidos de un banjo perfectamente afinado. Cantaba muy bien.


“La música y el amor son los únicos elementos que pueden curar cualquier herida.”  Me dijo mientras movía el vaso suavemente para hacer golpear los hielos. “Ambos conceptos están tan estrechamente unidos que es imposible que exista música si no hay amor por ella, y es imposible que haya amor si no hay música dentro de él.” Joder, me dejó clavado en el sitio con esa frase. Sus ojos esta vez se perdían en el fondo del vaso como si quisiera encontrar algo allí dentro; algo que ya había perdido en un pasado muy lejano. Y siguió hablando; “Las guitarras las crearon con curvas de mujer para poder acariciarlas con la misma delicadeza que ellas se merecen. Las hicieron con sus formas para poder abrazarlas con fuerza, suavidad, dulzura y así lograr sacar sus mejores sonidos. Cuando abrazas a una mujer o a una guitarra, ambas te dejan marca en el pecho y en el alma para siempre. Y sólo cuando abrazas a la guitarra o a la mujer adecuada, y sientes como tu pecho se suelda a su pecho, es cuando realmente sois capaces de conocer todos vuestros dolores, locuras, virtudes y culpas. Esas cosas que se dicen de mí, de que soy un borracho, de que me pongo hasta el culo de whisky desde que mi mujer me dejó, son malditas mentiras. Mi mujer me dejó ¿y sabes por qué? Porque fui un inútil que no sabía abrazar su cuerpo perfecto, que no supo jamás sacar toda la música que llevaba dentro cuando ella lo necesitaba. Porque no fui capaz de convertirme en guitarra para entender los sonidos que, por las noches al llegar a casa, me susurraba. Punto y final”

Desde que me dijo aquello el profesor, cada vez que he abrazado a una mujer lo he hecho de la misma forma como cuando abrazo una guitarra acústica y he descubierto música en el amor y amor en la música. Me tomé tan al pie de la letra su teoría que llegué a convertirme en una guitarra. A metamorfosearme en este instrumento como Kafka convirtió a su protagonista en un escarabajo. Me lo tomé tan al pie de la letra que soldé mi pecho de madera al pecho de una mujer perfecta de forma tan intensa, que llegué a joderlo todo y a quemarnos por dentro.

Ahora sólo quiero curar los trozos de esta guitarra rota en la que me he convertido, afinarme las cuerdas y volver a acariciar el alma y el cuerpo de aquella chica perfecta.

@HoldenCenteno

lunes, 30 de septiembre de 2013

De muerte y eternidad

"La única diferencia entre la persona y el personaje, 
es que el segundo vive para siempre."


Dibujo @Blancobain_

lunes, 16 de septiembre de 2013

A relaxing cup

                                 "A relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor..."

"Sí, y ya de paso si quieren relaxing people can go with putas in Montera Street..."

Dibujo @Blancobain_

domingo, 8 de septiembre de 2013

Audiencia con el Papa

-Y tú ¿Cómo haces para caer bien a todo el mundo?
-Tengo mis trucos...

Dibujo @Blancobain_